
Fue en diciembre del año pasado cuando me encontré con Loreto que preparaba pacientemente la confección de su kvpam (chamal). Me quedé pensando en los años anteriores, en la niña que vi crecer, en mi afán por proveerle literatura y música alternativa a la que hay en los colegios rurales, de la vez que le dio por acompañarme en mi trabajo de restauración de la casa en que manteníamos el fogón, allegándome las tablas y los clavos, ayudando también a sostener. Me sonreí en silencio y estuve seguro que ese chamal necesitaría un xariwe de verdad. Supuse lo que vendría y que ocurrió unas horas más tarde: la petición formal para hacerme cargo de su confección.