jueves, 1 de marzo de 2012

CÓMO APRENDÍ A TRABAJAR EN EL WIXAL (TELAR MAPUCHE)





Imagen: Marcadores de lectura
Erwin Quintupill, diciembre 2011.
Fotografía: Eduardo Cabello.

Wixal le decimos en Saltapura al telar. Es sencillo, es simple; sin embargo se va perdiendo. Las nuevas generaciones no se sensibilizan con su hermosura, salvo raras excepciones o casualidades.

Sí, casualidad fue la mía que, estando enfermo sin poder levantarme, y después de tratar de aprovechar el tiempo aprendiendo algo más de ortografía del idioma castellano, me vi con que hubo un instante en que no podía seguir en ello sin la ayuda de alguien más. Observé mi entorno y, próximo a la cama en que yacía, vi el saco de lanas de mamá y casualmente el marco de madera de un espejo pequeño que se me figuró un wixal en miniatura. Era el verano de 1989.

Sin decir a nadie, me proveí de pequeños trozos de coliwe para las otras partes del pequeño wixal que imaginé. Elegí un par de ovillos, sin decirle a su dueña, y empecé a tratar de reproducir el urdido que de niño y alguna vez cuando adulto vi realizar a mamá con la ayuda de una de mis hermanas. Lo más divertido de ese momento era la conversación que ellas sostenían.

-         Uno entero y después media, no más.
-         Ah, ya. A ver: ése que va a ser el fondo, da una vuelta entera.
-         Sí.
-         Y este otro que va a ser el dibujo, da media vuelta, no más.
-         Sí, y espere a que el otro vuelva a dar otra vuelta completa y, entonces, baja.
-         ¡Ah! Ahí, entonces, el hilo que dibuja completa una vuelta completa.
-         Claro. Y así se sigue. No vaya a equivocarse.
-         Parece…
-         ¿Qué cosa?
-         Parece que me equivoqué, pues.
-         A ver… Si, pues; porque aquí no cruzó. Siempre tiene que tener cuidado de que los hilos se crucen en el medio. Nunca dos hilos deben quedar juntos; siempre se cruzan.
-         Aunque sean del mismo color.
-         Del color que sean. Acaso, cuando uno urde un ponxo y usa un solo color, ¿no se cruzan los hilos?
-         ¡Ah! Sí, mamá. Sí.
-         Ya lo arreglé. Siga ahora, como le dije.
-         Mejor enséñeme cómo se arregla.
-         Así…

Este diálogo se repetía cada cierto tiempo, más o menos del mismo modo, en las ocasiones en que mamá decidía emprender la confección de algo nuevo: un ponxo o frazada, un pelero para el caballo, una kutama o prevención para las compras de papá, una lama para posar los pies al bajar de la cama, etc. Cuando niño, yo solía estar muy próximo, aunque no atento a esa conversación; pero, de tanto escucharla se me quedó en la memoria. Yo solía estar jugando alrededor de ellas. También estaba eso de los colores. Me llamaban mucho la atención. Era todo un espectáculo observar a mamá colocando un ovillo junto a otro, o una hebra junto a otra, para pensar la combinación de ellos. Cuando se decidía, aparecía en el urdido una serie de franjas continuas o discontinuas, según de qué se tratara. Era aquello una mezcla de colores con la que yo alucinaba. Después cuando joven y adulto, seguí disfrutando al observar – ocasionalmente – uno de los oficios de mamá.

Así fue que, recordando esos diálogos junto al wixal, me dispuse a urdir sin más ayuda que mi memoria. Y todo resultó bien. A todo esto, nadie se daba cuenta en lo que yo estaba. Pero, pronto mejoró mi salud y pude salir al campo a trabajar con papá. Una tarde en que regresaba de estar arando, al llegar a casa, una de mis hermanas me hizo una advertencia, en tono algo jocoso.

-         La embarraste, weón. Mi mamá está enojada.
-         (Sonriéndome) Ya, ya. Y ¿por qué será?
-         (Misteriosa) Ahí vay a ver…

Descolgué la lasta con el arado, desyugué los bueyes y acomodé las coyundas en torno al yugo. Guardé todo y antes de ir a dejar los bueyes al potrero para que se alimentaran, pasé por la cocina, donde mi madre iba y venía acomodando la mesa en donde colocaría los ingredientes de la once para todos. En medio de los aromas del pan fresco, de las verduras, le pregunté:

-         (Con picardía) ¿Qué le pasa ‘eñora?
-         (Con energía) Mmhhhh… ¡Qué me va a pasar, puh!
-         (Sin dejar de sonreír) ¿Por qué tiene esa cara?
-         ¡Que me hiciste tira el tohoh[1], puh!
-         (Medio sorprendido) ¿Qué tohoh?
-         El tohoh, puh. ¿Qué no sabe que ése es un hilo especial?
-         No; pero… ¿qué hice  yo con tu tohoh?
-         (Siempre con cara de molesta) ¡Que me lo hiciste tira, puh! ¡Ustéd lo hizo wixal!
-         (Más sorprendido) ¡Ah! ¿Cómo, mami?
-         Sí, puh. Ese hilo que usaste pa hacer wixal es mi tohoh… (Sin aguantarse más) ¿Acaso usted es mujer que va a hacer wixal?
-         No; pero, ¿qué tiene que ver? Tus hijas son mujeres y nada que han aprendido. ¡La vieja Miriam es la única que sabe algo y las otras, ni una lesera puh, oiga!
-         (Algo inentendible o irreproducible).
-         (Riéndome y ya partiendo a lo de los bueyes) Mire, no lo hago con lo que tengo entre las piernas. Si fuera por eso, sus hijas habrían  aprendido hace tiempo.
-         (Sin escandalizarse) ¡Ah, Loco!

Fue muy divertido. Finalizamos la discusión de un modo muy parecido a como terminaban las que tenía con papá. Más tarde me explicó que el tohoh es un hilo para el que se elige la mejor lana, aquella que es más parecida a pelo o menos algodonosa, que se hila al revés (el huso gira en sentido contrario, hacia atrás), y que cuando se tuerce se hace también al revés. Finalmente, se debe pasar la fibra por la llama, para quitarle las “puntas” que pudieran ayudar a formar motas.

-         Así se hace, por eso es especial. Tú me lo hiciste tira.

Y yo desvié la conversación hacia otros asuntos.

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Imagen: Ensayo de tapiz.
Erwin Quintupill, diciembre 2011.
Fotografía: Eduardo Cabello.

Lo difícil fue lograr los dibujos. En ello se me fue un par de meses o menos quizás. Siempre sólo, sin nadie que me guiara. Recuerdo una sola vez en que le pregunté a mamá si el urdido estaba bien hecho. Ella me miró muy seria y algo arrugado el entrecejo. (A mí me dio la impresión de que volvería con lo de su tohoh). Del mismo modo observó mi trabajo. Después, dándose la vuelta y volviéndose a ocupar de sus asuntos me dijo que sí, que estaba bien. ¡Ah! Recuerdo que me preguntó “¿cómo lo hiciste?”. “Solo”, le respondí. Puso cara de misterio y no dijo más. Su expresión parecía a la de alguien ofendida por algo que le han quitado en contra de su voluntad.

Vaya uno a saber en qué pensaba mi madre. El caso es que a mí me interesó por lo de los dibujos. Cuando egresé de enseñanza media quería estudiar arte y no se pudo; ni siquiera se me ocurrió decirlo. Sin embargo, la pedagogía fue un descubrimiento grandioso, que me da gratísimos momentos, aunque también pobrezas.



Imagen: Tohoh.
Fotografía: Erwin Quintupill.


[1] Tohoh (tonon): Se trata de un hilo delgado que toma todas las hebras por debajo del cruce central, para que de ese modo se pueda realizar el cruce del urdido.

2 comentarios:

Zenaida Cerda dijo...

GRACIAS POR COMPARTIR TU HISTORIO ,ESTOY CONVENCIDA QUE CUANDO UNO ESTA FISICAMENTE ENFERMA HAY QUE MEJORAR EL ALMA Y EL ALMA SE MEJORA CON EL ARTE NATURAL,COMO ES EL TEJIDO, LA EXPERIENCIA ME PARECE ERIQUECEDORA Y AUNQIE LA PEDAGOGIA NO DA RIQUEZA,DA MUCHOAS SATISFACCIONES DE PODER VER CRECER Y FORMAR PEQUEÑOS Y JOVENES A VIVIR CON EL ALMA PLENA,GRACIAS,DESDE CHILE ZENAIDA

hilsia dijo...

Que hermoso, me encantó la complicidad del tejido, tú y tu madre, la manera en que el destino enredó los hilos de sus almas. Emoción es lo que me deja tu relato.