domingo, 17 de noviembre de 2013

VEA, COMO EN CHILE: AMAMOS AL GRINGO Y ODIAMOS A LOS PUEBLOS ORIGINARIOS.

Este video es un experimento interesante, como para compartirlo. Da para conversar y reflexionar.




"Y veras como quieren en Chile al amigo cuando es forastero.. siempre que sea Europeo, que sea rubiecito y que traiga dinero"

domingo, 10 de noviembre de 2013

Fragmento de entrevista realizada a Jacques Chonchol, ministro de Agricultura de Salvador Allende.



Jacques Chonchol
Fotografía: Punto Final, junio 2000.


También tuvimos una experiencia muy bonita con el pueblo mapuche, porque luego de que salió Allende, en diciembre vinieron unas comunidades y lo convidaron a Temuco. Habría unas 10 ó 15 mil personas en el Estadio Municipal. Allende estaba en primera fila, yo al lado de él y ellos le empiezan a plantear todos sus problemas. Sobre todo tenían una preocupación por las tierras usurpadas que le habían dado en la época de la Pacificación de la Araucanía, pero que después habían perdido por engaños. Entonces le propusieron a Allende dos cosas: que querían una Ley Indígena y que se hiciera lo más posible por recuperar las tierras despojadas. Él se da vuelta y me dice voy a tomar el proyecto de Ley Indígena, lo voy a hacer estudiar y lo voy a mandar al Parlamento, pero la Ley de Reforma Agraria no dice nada sobre la situación indígena. Una solución es que te vengas con el Ministerio de Agricultura a Temuco, y al comienzo apliquen la Ley de Reforma Agraria y cada vez que haya un terreno expropiable indígena, se lo devolvamos a ellos. Eran órdenes superiores con las que yo por supuesto estaba de acuerdo, así que en enero de 1971 trasladamos todo el Ministerio de Agricultura, con jefes de servicio, subsecretarios y nos instalamos en Temuco. Por esa vía logramos devolver unas 150 mil hectáreas.


El Desconcierto Nº 14, septiembre 2013.

YO ESTUDIANTE 3

Lo que les comparto fue escrito en 2009. He venido subiendo fragmentos y esta es la tercera parte: corresponde a mi llegada a la ciudad.


Marzo de 1969

En la ciudad

En marzo de 1969 me trasladaron a vivir a la comuna de Talcahuano, porque allá se encontraban mis padres biológicos, quienes habían manifestado hacerse cargo de mi formación de allí en adelante. Ingresé a un colegio de niños en que la situación era la misma, salvo que mi profesora jefe (María Isabel Lara) supo situar mi condición ante el curso que me recibió curioso. No recuerdo las palabras que pronunció. Creo que habló de los primeros habitantes, de la “resistencia araucana” y cosas por el estilo. Todo ello, porque sorprendió a uno de los integrantes del curso haciéndome motivo de entretención. Fue la primera y última vez que alguien me llamó indio. Posteriormente, yo mismo me autodefino como tal, como una forma de revertir el sentido. Sí, soy mapuche, soy indio, no chileno. Un “indio de carajo”, como decía (¿o dirá aún)?) mi primer profesor.

En ese colegio, ubicado en la actual comuna de Hualpen, éramos solo niños. Es la única vez que viví esa situación anómala de vivir separado de las mujeres. En Saltapura estábamos todos juntos y en muchas ocasiones compartíamos los juegos.

Allí comencé con mis problemas de inserción social. Hice un par de amistades; pero, no llegué a ser parte de un grupo. No me iba bien ni mal. Me hice del montón. No conocía la ciudad ni me animaba a explorarla.

Llegué a vivir con mi madre biológica. Lo hacíamos en una mediagua, ubicada justo al lado de un galpón-bodega en donde se guardaban los materiales de construcción de la población que se construía, por medio del sistema de autoconstrucción. A unas dos cuadras estaba la calle Colón y por el otro lado el aeródromo de Hualpencillo. Desde allí veía salir y llegar pequeños aviones. A la distancia se veían los inmensos hangares; pero, jamás me aventuré por allí. La pista de aterrizaje estaba en el centro de un terreno eriazo, cubierto de pasto de color claro y matas de chochos, a unos cien metros de las pocas mediaguas levantadas allí.

Las demás familias, unas diez más o menos, eran de aquellas que no tenían en donde vivir y temporalmente – mientras se construían sus futuros hogares – fueron autorizadas para vivir en las inmediaciones. Había poca gente por allí. El colegio – en  la Población Armando Alarcón del Canto – no estaba tan lejos, aunque de eso me di cuenta mucho tiempo después. Lo entretenido del lugar es que no había mucha gente y de poco ruido. Me la pasaba leyendo o escuchando música en una vieja radio de tubos que nos facilitó un vecino que no disponía de luz eléctrica.

La enseñanza media

Después vino la enseñanza media, en un Liceo fiscal, ubicado en el sector Las Salinas, cuyo cerco estaba prácticamente todo en el suelo. Aún así, tengo la impresión de que no estaba tan mal, porque mis compañeros/as de 4º medio quedaron todos aceptados en la universidad, excepto uno. Eso sí, quienes no estaban motivados para estudiar, simplemente se iban hacia la parte trasera, en donde no había obstáculo alguno que impidiera correrse de clases.


Julio de 1973

De esa época, recuerdo a los profesores Pérez (María y David). Ambos enseñaban matemática. Cuando María debió dejar la jefatura de nuestro curso, se las arregló para heredársela a su hermano. Con él tuvimos nuestro mejor paseo de estudiantes, acampando a las orillas de un río en Diuquín (cerca de Laja). También recuerdo al profesor Sadi Mora, un hombre serio (por el cual algunas compañeras se derretían), porque en una ocasión nos llevó a la Laguna Grande de San Pedro, y exploramos junto a él los pantanos de sus alrededores. Nos hizo tomar muestras de agua. Lo mejor vino después, porque habilitó parte de unos talleres que casi no se usaban como sala de estudios. Allí con un par de lupas y unas pocas cápsulas Petri descubrimos la regeneración de las planarias. Fue alucinante, ya que al momento de los recreos nos íbamos a ese lugar. Raro, ¿no? Lo que quiero dar a notar es que el Liceo estaba mal habilitado, pero que algunos profesores/as –creativamente– se las arreglaron para lograr aprendizajes significativos en nosotros. “El que quiere, puede”, dicen por ahí; además, la mayoría de mi curso era inquieto por aprender.

El primer profesor de música que tuve fue todo un estímulo. Nos hizo cantar en coro y cuando nos escuchamos, inflamos el pecho como pavos enamorados. Con él hice mi primer trabajo de investigación. Con él conocí las “Coplas al viento” de los Quelentaro. En su clase supe que “Imagine” de John Lennon podíamos considerarla una canción de protesta social, según la presentación de una compañera. Igualmente recuerdo a la profesora de Ciencias Naturales, participando en una marcha en la calle Colón, organizada en apoyo al gobierno de la Unidad Popular. Debió ser en 1973. Nunca más supe de ella. Fue la primera vez que vi a una profesora en una manifestación callejera.

Allí tampoco hice amigos íntimos. Me relacionaba más con unos que con otros; pero, la mayor parte estaba conmigo mismo. Conversaba con mis compañeros/as, cuando estábamos de a dos. En grupo, tomaba palco y hablaba poco. Sin embargo, siempre sentí que era parte del curso, tanto en lo positivo como en lo demás. En primer año, hice de delegado del curso durante una convención que se realizó con participantes de todos los cursos. Se trataba de un asunto político. Yo casi no participé, no tenía experiencia, así que escuchaba y anotaba acerca de las discusiones que se dieron. Así pude informar a mi curso sobre lo que allí se debatía. Éramos muy pequeños: teníamos apenas 14 años, la mayoría.

Después ya no me hice notar por nada; pero, cuando hubo alguna maldad colectiva como el “día de la greda” o el “de la torta”, aunque no fui protagonista principal, me sentí responsable de la embarrada porque había disfrutado de la barrabasada; de modo que al momento de poner la cara no dude ni un instante en colocarme junto a “los culpables”.

La mayoría éramos hijos de familias pobres y de clase media empobrecida. Sólo en 3º año se nos unieron una pareja de hermanos cuyos padres tenían un ingreso superior; pero que no fueron un problema. Recuerdo que al ingresar al 1º año, nos aplicaron una prueba. Por lo que recuerdo, creo que se trató de un test de inteligencia. De acuerdo a los resultados construyeron los cursos. Así se formó el 111, los más selectos. Nosotros no lo supimos; pero captábamos que algo había. Nos caracterizó el hecho de que jamás nos obligaron a estudiar, lo hacíamos por iniciativa personal. Éramos de los que nos quedábamos trabajando las tareas durante el recreo, de aquellos que se organizaban para conseguir propósitos como un “reinado” y trabajábamos físicamente como limpiando el jardín del liceo para reunir puntaje. Antes de ingresar a clases – por las mañanas – era común vernos “tomándonos la lección” de la evaluación que tendríamos durante esa jornada. De igual manera, había mucha inquietud por otros asuntos y protagonizamos muchas maldades de adolescentes inocentes. Fue el mejor curso que he tenido.


Para finalizar repetiré que nuestros profesores/as fueron de todo: desde aquel que desarrolló estrategias constructivistas sin que el discurso aquel existiera, sino porque llegó a pensar que haciéndonos interactuar con los contenidos aprenderíamos más fácilmente, hasta aquellos que nos dictaban TODO. Fuimos un experimento mal pensado – creo yo – porque si bien algunos profesores después dijeron que nunca antes ni después hubo un curso “once” como del que fui parte, sé que pudimos ser mejores. A mí me hubiera sido de mucho más provecho otra forma de organización del trabajo. Eso me hubiera permitido desarrollar aprendizajes de mejor calidad. Que no me hubieran dictado la mayor parte de los contenidos, sino que me hubieran enseñado a buscar la información necesaria, que me hubieran relacionado la matemática con la vida cotidiana, más análisis de textos simples antes de colocarme ante un ensayo de Unamuno que me dejó hecho pasta, ni hablar del Inglés… Imagino que la causa de todo aquello fue una mala administración y los vaivenes políticos de la época.


Curso 411, año 1975.
Fotografía: El Diario Color.

martes, 5 de noviembre de 2013

1º DE NOVIEMBRE

Si bien se trata de una festividad religiosa católica, los mapuche hemos adoptado esta fecha para visitar nuestros muertos. Con el tiempo las actividades han tenido modificaciones; por ejemplo:


  • En los años de mi infancia, la gente solía trasladarse hasta el cementerio en carreta, llevando lo necesario para hacer fuego y cocinar en las afueras del recinto. Por la mañana, los hombres visitaban las tumbas, se quedaban allí compartiendo con los demás, en torno a una botella de vino o de chicha de manzana, la que se brindaba a los muertos. la costumbre era/es visitar a los familiares y amigos y tomarse una botella en el nombre de ellos. Las mujeres hacían una visita breve para dejar flores, porque luego se regresaban a cocinar el almuerzo. A eso del mediodía, todos almorzaban. Por la tarde era el momento en que todos compartían junto a los idos.

  • En la actualidad, la gente llega preferentemente en vehículos motorizados y casi nadie hace almuerzo, aunque llevan comida. Se sigue llevando trago para compartir. Los adornos también han tenido cambios. Antiguamente, la mayor parte de la gente confeccionaba coronas de papel. Ahora, sólo unos pocos conservan esa costumbre, pues la mayoría -desgraciadamente- adquieren flores de plástico y las mezclan con las naturales.

A continuación, expongo imágenes de las coronas de papel que llegaron, porque son mis favoritas.




















También, una de flores naturales (copos) y otras de papel celofán y plástico.





Finalmente, la pieza en telar que confeccioné para mis padres. No le tomé fotografía antes de colocarlo, por eso las imágenes son regulares.





Fotografías: Erwin Quintupill
Saltapura, 1 de noviembre de 2013

miércoles, 30 de octubre de 2013

TRANGOL – La Recuperación – Documental (2013)


Por ADKIMVN
SINOPSIS
Con la invasión del estado chileno al Wallmapu, el territorio al sur del Bio Bio fue violentamente despojado. Durante la reforma agraria implementada por el gobierno de Salvador Allende, se pretendió devolver parte del territorio a sus legítimos habitantes, sin embargo, la dictadura militar golpearía nuevamente al pueblo Mapuche. Aun así, hoy la comunidad de Trangol continúa firmemente con el proceso de recuperación territorial.
CRÉDITOS
Relatos: Juan Huenchullan – Francisca Llanca – Isaias Colihuinca, Werken (vocero).
Realización: Gerardo Berrocal S.
Producción: Gerardo Berrocal S. – Jaime Huenchullan C. – Rodrigo Huenchullan C.
Posproducción: Gerardo Berrocal S. – Millarrewe Huilcaman P.
Documentos de Archivo: Martín Correa C.
FICHA TÉCNICA
Género: Documental
Duración: 18,52 Minutos
Año: 2013
Idioma: Castellano
Formato Origen: HDV
UNA PRODUCCIÓN DE
ADKIMVN – Cine y Comunicación Mapuche
EN COLABORACIÓN CON
Comunidad Autónoma Temucuicui
Comunidad Domingo Trangol
TRANGOL - La Recuperación_1

viernes, 18 de octubre de 2013

CHEWKEPVLLV – Recuperación Territorial en el Aylla Rewe Budi – Documental (2013)

Por ADKIMVN

SINOPSIS
El Aylla Rewe Budi es la forma de organización territorial Mapuche Lafkenche del territorio comprendido entre los ríos Traitraiko y Tolten. Tras la irrupción del estado chileno en Wallmapu (Nación Mapuche), este territorio fue dividido y entregado a colonos. La iglesia católica tomó parte en la repartición y se instaló sobre tierras sagradas que cobijan los espíritus de los ancestros, en un Eltvn Mapuche (cementerio).
CRÉDITOS
Relatos: Ángela Painefil – Silvia Ancan – Mauricio Painefil – Jorge Calfuqueo (Lonko comunidad Llaguepulli – Aylla Rewe Budi).
Realización: Gerardo Berrocal S.
Producción – Cámara: Gerardo Berrocal S. – Juan Rain B.
Posproducción – Traducción: Gerardo Berrocal S. – Millarrewe Huilcaman P.
FICHA TÉCNICA
Género: Documental
Duración: 28,36 Minutos
Año: 2013
Idioma: Castellano – Mapudungun
Subtítulos: Castellano
Formato Origen: HDV
Una producción de ADKIMVN – Cine y Comunicación Mapuche
http://adkimvn.wordpress.com/
Chewkepulli 17082013 008 ADKIMVN
Fuente: 
http://adkimvn.wordpress.com/2013/10/11/chewkepvllv-recuperacion-territorial-en-el-aylla-rewe-budi-documental-2013/

martes, 15 de octubre de 2013

DISEÑO EN ÑIMIÑ

Estoy trabajando en una pieza que tiene como destino situarse en la tumba de mis padres. ¿Por qué? Porque mi madre sabía de ñimiñ y sólo tejía para el grupo familiar. Entonces, ahora que ya he caminado bastante tiempo en esto de explorar el mundo del ñimiñ, he decidido trabajar un homenaje a ellos dos, pues tanto les debo. Anteriormente, ya les hice otro homenaje, en el 2011, y se trató de reunir a mis hermanos para compartir una jornada de fiesta en la casa de todos, allá en Saltapura. Fue mi forma de decirles, soy hermano de ustedes porque nuestro padres lo quisieron.

Las imágenes fueron tomadas con una cámara común, no profesional, y son un fragmento de una pieza que tendrá aproximadamente 30 cm x 90 cm. Repito, la estoy confeccionando.




Las flores las hacía mi madre. La única vez que la vi en ello, fue cuando hizo una manta para mi hermana, en la década del 70. Ese objeto ya no existe; pero, yo lo recuerdo.

domingo, 25 de agosto de 2013

RECITAL


POEMAS
RELATOS TRADICIONALES
CONVERSACIÓN

San Pedro de la Paz queda al sur de Concepción (Octava Región).

Dibujo: Fernando Raguileo
Diseño del afiche: Marcelo Flores Quintupill

domingo, 18 de agosto de 2013

RACISMO Y JUSTICIA CHILENA


 POR Comunidad de Historia Mapuche
Nuestro küme mogen (vida buena), modelo de vida mapuche, supone desarrollar, alcanzar y mantener un equilibrio y bienestar a nivel individual y colectivo en las diversas esferas de nuestro ser: espiritual, sicológica, biológica y comunitaria. Constituye un ideal que no siempre se puede lograr, más aún cuando a raíz de nuestra condición de pueblo subordinado y colonizado, existen determinantes sociales, culturales, estructurales e históricos que conllevan un weza mogen (mala vida). En estas condiciones, se torna complejo y hostil vivir de acuerdo a valores y principios propiamente mapuche, a raíz de los estigmas racistas con que la mayoría de éstos son representados, debido a los quiebres y desarraigos con nuestra territorialidad producto del despojo histórico y actual, los que también han conllevado al desmembramiento familiar y comunitario.

Desde una perspectiva mapuche profunda, los lugares y espacios son determinantes para la existencia humana. Conocer sus ciclos y sus potencialidades energéticas es de fundamental importancia. Bien lo han venido practicando nuestros ancestros y nuestras familias, quienes sabían dónde instalarse para vivir, sembrar, intercambiar, efectuar ceremonias y reunirse. Hoy en día, pasar a llevar los espacios, sobre todo aquellos más delicados y dotados de ciertas potencialidades energéticas, de uso medicinal y religioso, implica una transgresión grave (yafkan), que al no ser remediada conlleva serios desequilibrios a la persona, la familia e incluso a la comunidad en su conjunto. La manifestación de estos desequilibrios se expresa generalmente en términos de mapu kuxan (enfermedad provocada por las fuerzas espirituales que habitan en el territorio).

Los desequilibrios que acarrea el mapu kuxan son diversos y pueden somatizarse a través del decaimiento, somnolencia, ansiedad, la pérdida de la visión, fuertes dolores abdominales, fiebres o trastornos del sueño. Síntomas que se exacerban con el consumo de alcohol u otras drogas, pudiendo generar severos cuadros de depresión, sicosis, paranoia y violencia. Las personas que poseen un mapu kuxan habitualmente escuchan voces, tienen visiones, pierden la memoria, presentan convulsiones y taquicardia. Estos síntomas pueden ser permanentes, pero también manifestarse durante lapsus de tiempo interrumpidos. Las consecuencias son múltiples, pues traen consigo el deterioro de las relaciones sociales, la perdida de la capacidad de sociabilidad y en los casos más extremos el suicidio o el homicidio. Frente a esto la medicina mapuche brinda la posibilidad de tratamientos largos, centrados en la persona, pero haciendo partícipe al grupo familiar en su conjunto, como también a una parte de la comunidad.

Es en este marco de análisis sociocultural mapuche que nos interesa contribuir con una breve reflexión del caso de femicidio cometido en la región de la Araucanía por Moises Maliqueo Quidel, a propósito del abordaje que la justicia chilena ha efectuado recientemente. Maliqueo Quidel es mapuche oriundo del territorio de Xuf Xuf, quien asesinó a su pareja Rosario Sandoval Mariano de 50 años de edad en Julio del año 2012. Nuestro interés no es justificar el asesinato o la violencia intrafamiliar mapuche desde argumentos culturalistas e invocando el Convenio 169, pues estamos lejos de posicionarnos desde allí en este lamentable y doloroso caso. Por el contrario, nos abocamos a evidenciar la naturaleza racista y colonialista de la justicia chilena, expresada en el tratamiento del femicidio. Al observar y analizar el juicio, lo que queda en evidencia es la vitalidad y reproducción de una superioridad racista del derecho positivo que ha sido avalado por la opinión de psiquiatras. En los cuales se evidencia la ausencia de formación en el sistema médico mapuche o la salud intercultural, desechando de plano cualquier argumentación sociocultural que posibilite una comprensión, evaluación y juicio en términos más justos y atendiendo a la complejidad de las variables y determinantes que inciden en lo sucedido y las implicancias que esto puede conllevar a mediano y largo plazo.

Desde el punto de vista del especialista en salud mapuche, machi, a quien se solicitó una evaluación desde Tribunales, Maliqueo es un kuxanche (persona enferma). En el diagnóstico le fueron detectadas dos enfermedades: un re kuxan (enfermedad de origen biológico) y un mapu kuxan que se genera básicamente por “energías que existen en la tierra, se acercan a la persona y comienzan a debilitar su espíritu” (entrevista TV2 Víctor Caniullan, 09/08/2013) afectando el cuerpo, el comportamiento y la integridad del enfermo. Contrario a este examen, los peritos psiquiatras emiten un diagnostico que señala que el acusado no padece de enfermedad mental alguna que le impida tener conciencia de lo que hace. Este último diagnóstico es el que finalmente ha sido validado en tribunales, en desmedro del efectuado por el especialista mapuche. Al respecto, también el fiscal Pino sostuvo enfáticamente en entrevista al Diario Austral de Temuco: “Nosotros creemos que podemos acreditar que mediante la prueba que cuenta el Ministerio público, especialmente con el peritaje psiquiátrico que se le realizó al imputado, de que él no se encontraba en ninguna de esas condiciones” (09/08/2013).

El hecho descrito demuestra una vez más un abierto racismo institucional hacia los mapuche, como hacia nuestro conocimiento médico. Poniendo al descubierto la violencia simbólica que hace parte en el actuar de las instituciones estatales y donde se reproduce una relación de dominación-subordinación intelectual, jurídica y política contextualizada en una situación de subordinación histórica que permea la globalidad de las relaciones en que se inscriben e interactúan las personas mapuche.  La práctica de la violencia no sólo se visibiliza en actos materiales, sino también en ejercicios ideológicos encarnados en la institucionalidad pública chilena y manifiestos en diferentes actos de negación, marginación, desacreditación, ridiculización, demonización de prácticas, conocimientos y creencias.

La presencia del racismo colonial en tribunales de justicia chilenos son públicamente conocidas y documentadas, y en la actualidad se expresan abiertamente tanto en la criminalización de la protesta social, como en el tratamiento de diversas causas judiciales que involucran a personas mapuche. Se trata de un racismo que se expresa desde la aplicación de leyes de excepción que no son aplicadas a otros “ciudadanos chilenos”, en la ausencia de un debido proceso en causas que se enmarcan en la protesta social, hasta en la cotidianeidad de las salas de tribunales donde la corporalidad y la gestualidad se muestran decidoras de condenas previas a las sentencias. El tono fuerte y prepotente, la interrupción, el trato hostil, las miradas, como también la desestimación a priori de cualquier argumentación que permita comprender y evaluar las causas desde una perspectiva mapuche o intercultural.

De la misma forma en que lo son el afecto o la solidaridad, la violencia también es parte de la vida comunitaria mapuche. Las determinantes son diversas, sin embargo un elemento estructural es el trauma colonial e histórico que produjo la subordinación mapuche al Estado, vinculado al racismo, el despojo, el desmembramiento familiar, el empobrecimiento, la marginalidad, la introyección de sentimientos de inferioridad en diversas generaciones mapuche producto de la discriminación cotidiana y que decantan en el consumo de alcohol y otras drogas como formas para evadir los sentimientos de angustia y descompresión social, etc. El abordaje de esta realidad es un desafío pendiente para los y las mapuche, que nos interpela a desarrollar un proceso de descolonización desde la cotidianeidad de nuestras prácticas, pero que se torna complejo debido a que en no pocas ocasiones la intervención y tratamiento que realizan instituciones estatales en su propósito de “ejercer justicia” y “protección”, deviene en la reproducción de la violencia en el ámbito cotidiano debido a la ignorancia con que a veces operan sus especialistas.

En algunos países de América latina se está avanzando en la recreación y revitalización del derecho propio de los pueblos indígenas, haciendo uso del Convenio 169 de la OIT y abriendo espacios para la utilización de categorías y el ejercicio de justicia desde los propios sistemas normativos indígenas que se reactualizan y articulan bajo formas de interlegalidad con el sistema hegemónico del Estado. Estas experiencias y procesos sin duda están llenas de contradicciones, que provienen del estatus subalterno que aún mantienen los sistemas normativos y de justicia indígena en relación al estatal hegemónico; como también del rediseño neoliberal del Estado donde los pueblos indígenas y la sociedad civil se ven obligados a asumir responsabilidades que antes lo eran de las instituciones estatales, mientras sus prácticas culturales y territorios se transforman en mercancías que deben insertarse en los mercados nacionales y globales. No obstante lo anterior, experiencias y procesos como éstos en Chile ni siquiera son objeto de debate, lo cual se torna preocupante no sólo por razones de reivindicación de derechos colectivos indígenas, sino también por las posibilidades que un debate en esta línea podría abrir para el abordaje de problemas que se viven en las familias y comunidades indígenas en contextos urbanos y rurales, como son la violencia intrafamiliar o patriarcal. El Convenio 169 o la Declaración ONU sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas proporcionan un marco jurídico para el reconocimiento de las prácticas, conocimientos y sistemas normativos indígenas, sin embargo en la justicia chilena prevalece la superioridad colonialista del derecho positivo, y la disposición racista de no pocos jueces como se evidencia en el caso del juicio a Maliqueo cuando se inferioriza la labor de los especialistas indígenas y por consiguiente se subalterniza el conocimiento médico mapuche.

Debemos recordar que las enfermedades, su conceptualización, análisis y abordaje son constructos sociales, por tanto difieren de una sociedad a otra, al tiempo que están permeadas por relaciones históricas y de poder que explican el por qué se legitiman unos abordajes respecto de otros. Lo cual se deja entrever en el abordaje racista institucional de los tribunales en este caso, donde se evalúa con preceptos teóricos hegemónicos situaciones de origen socioespiritual y de determinación distinta.

Todo indica que, como se ilustra en este caso, la apertura de espacios para la expresión de consideraciones socioculturales a través de la participación de especialistas mapuche en los juicios o de peritajes culturales elaborados por antropólogos, se encuentra lejos de tener una incidencia significativa en la comprensión de las causas y las sentencias. Lo que demuestra cómo la interculturalidad funcional que ponen en marcha los poderes del Estado, no es más que el reacomodo del viejo racismo colonial que hoy en día se reactualiza mediante el reconocimiento superficial de la diferencia cultural, cosificándola y folclorizándola para ser nuevamente inferiorizada frente a la supremacía de los sistemas médicos, jurídicos y de conocimientos hegemónicos.

Por tanto, no se trata de justificar los actos de violencia intrafamiliar o el femicidio al intentar explicar y comprender éstos hechos desde el ámbito sociocultural mapuche y las relaciones de racismo y poder vigentes en Chile. Por el contrario, se trata de enfatizar en la necesidad de que existan garantías de una comprensión y evaluación de estos problemas desde la perspectiva de los Pueblos Indígenas, entregando explicaciones sobre el origen de estos hechos, y por sobre todo un tratamiento preventivo de los mismos mediante la revitalización de espacios propios de justicia indígena o desde una institucionalidad responsable con enfoque intercultural, en contraposición a los abordajes racistas y etnocéntricos que prevalecen hoy en día. En este caso, como en otros, es necesario que se integre al conjunto de los involucrados,  que se desarrolle un análisis desde el contexto y modelos teóricos diversos, teniendo en cuenta que el tratamiento de la violencia y el femicidio requiere de un involucramiento y una sensibilidad mayor de los hombres, mujeres, jóvenes, niños y niñas, desde los actores mapuche y desde la sociedad chilena en general.

Lo resultante o sumatoria de estas prácticas dañinas van generando una acumulación de situaciones de rabia, impotencia y vergüenza que tarde o temprano desencadenan otros episodios de mayor violencia social, crisis de identidad, alcoholismo, suicidio, marginalidad y vulneración, los cuales se hace necesario abordar en profundidad.