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miércoles, 7 de marzo de 2018

ACERCA DE MIS PADRES


Imagen: Mi ñarki wenvy AKUCA
Fotografía: Erwin Quintupill (enero, 2017)

El día en que nací, mi padre biológico no estuvo a mi lado, ni se interesó por saber de mí. Fui un niño abandonado por su progenitor[1]. Mi madre biológica (no mapuche) se las arregló para criarme, de un modo semejante – supongo – a como lo han hecho/hacen miles de mujeres; pero, en algún momento la situación se le complicó y salió en busca de ayuda o mejor dicho de alguien que siguiera conmigo, sustituyéndola. La conozco y nunca me comentó la causa que la llevó a aquello; probablemente, no le aceptaron trabajar conmigo. Ella toda su vida fue empleada doméstica. La cuestión es que un día del verano del 60 llegó hasta Saltapura, en busca de mi abuela paterna, para pedirle que se hiciera cargo de mí[2]. (Al parecer, el progenitor aún no se daba por enterado). Mi abuela no quiso quedarse conmigo. Yo estaba afectado – al parecer – de sarna, porque cuenta la tía Zoila que solía llevarme (mi madre biológica) a la quinta, para echarme jugo de siete venas en los granos.

En ese contexto hicieron su aparición Juan Bautista Raguileo Lincopil y Carmela Ñancupil Lienleo. Ellos eran un matrimonio que – a ese entonces – tenían siete hijos e hijas. La menor de todos tenía ya más de cinco años… y decidieron tener un hijo más. Fueron hasta donde se estaba quedando mi madre biológica y se ofrecieron – generosamente – para hacerse cargo de mi crianza, por el tiempo que quisiera. Por eso se transformaron en mis padres.

Más o menos en ese tiempo, mi padre biológico apareció para reconocerme legalmente como su hijo. Era un hombre joven por entonces, de unos 25 años aproximadamente. Sin embargo, él contrajo matrimonio con otra persona y me veía sólo en los veranos – por unas horas – cuando se aparecía en plan de vacaciones. En esas ocasiones solía traer algunas cositas para el niño: un par de cortes de género, que mi mamá transformaba en calzoncillos y camisas, y algunos juguetes[3].

Mi madre biológica tuvo algún contacto conmigo, por medio del correo. Alguna vez me envió un par de libros: eran novelas de aventuras. También me hizo llegar un silabario, el del ojo. Recuerdo como algo excepcional una torta o algo parecido y desconozco como llegó hasta nuestra casa en Saltapura; pero, tengo la impresión de que fue un regalo de ella. Más no recuerdo; pues, nunca volvió…

Para mí, ambos padres biológicos fueron desconocidos durante mis primeros años. Cuando me enteré de sus existencias, asumí que eran mis padrinos. Mientras tanto, mis padres me criaban como a un niño mapuche: se preocupaban de mi alimentación, de mis ropas, de asearme y de darme mucho afecto. Yo, definitivamente, era el regalón. No recuerdo que me hayan golpeado o de que me hayan castigado ejerciendo violencia física. Me amenazaron con castigarme, sí; en más de una ocasión; pues, debe considerarse que siempre fui de carácter fuerte.

Como parte importante de mi educación me narraban epew y también adivinanzas. Yo pedía que lo hicieran, insistentemente. También les escuchaba hablar en mapuzugun. Siempre estaban hablando y rara vez discutían con vehemencia. Nunca les vi golpearse ni decirse groserías, ni siquiera usaban la palabra “weón”. Según ellos, era feo.

Un día de esos, consideraron que era el momento de enseñarme a escribir y a leer el castellano. Y lo hicieron. Mi hermana Miriam que empezaba a ser adolescente, se sumó con entusiasmo a la tarea. También me enseñaron los números, a sumarlos y a restarlos. Me hablaron de lo bueno del saber. Así entendí que llegar a ser considerado kimce era una meta de cualquier persona que se preciara a sí misma.

Hace 23 años que ya no están. Al día siguiente de haber sepultado a mi papá, mis hermanos se reunieron en el patio de la casa, para tomar algunos acuerdos. Me informaron que él – mi papá – dejaba ordenado que de lo que dejaba como herencia se repartiera entre todos, incluyéndome. Había dicho que si yo deseaba construir un colegio, lo hiciera en donde pensaba hacerlo. Así me enteré de que su afecto de padre iba más allá de todo lo pensado hasta entonces. Yo fui y sigo siendo su hijo, el de Juan y Carmela. Ambos me amaron infinitamente, me hicieron suyo, me dieron una identidad y un sentido de vida. Todo lo que soy se los debo a ellos, pues aunque no pudieron darme apoyo económico para que estudiara, todas mis opciones en el plano social y político están atravesados por el estilo de vida que tuvieron. Cualquier cosa que mis hermanos/as hagan o no hagan, no me los quitará de la cotidianidad. Están en mis sentimientos y pensamientos a diario, en cada logro significativo. Los demás podrán fallarles, incluso olvidarles; menos yo.



[1] Se llamó Francisco Quintupill Lienleo y falleció en 1982.
[2] Probablemente, su familia o su madre tampoco quiso o pudo hacerse cargo de un crío de año y medio de edad.
[3] Años después me di cuenta que en la fábrica en que él trabajaba acostumbraban hacer una fiesta para los niños en el día de Navidad, y entregaban juguetes como los que él me llevaba hasta Saltapura. Entonces, pensé que quizás no los compraba.

martes, 28 de octubre de 2014

MI FAMILIA PERRUNA

Estamos contentos con el espacio de mi infancia a nuestra disposición.

Sí, Piciwenvy (el negro) y Pezan (la rubia)... Mis maravillas.


Nosotros...
Saltapura, agosto del 2014.
Fotografía: Fernando Raguileo







martes, 20 de mayo de 2014

“LA FIESTA EN LA CULTURA MAPUCHE”

Versión resumida de Conferencia entregada en Escuela de Verano, organizada por la Universidad de Concepción (enero del 2014).

Erwin Quintupill


Cuando me solicitaron exponer sobre “la fiesta en la cultura mapuche”, me quedé confundido. Reconozco que una vez más sentí la enorme distancia entre lo chileno y nosotros. Por mi parte esperaba hablarles acerca de nuestra relación con la muerte y los muertos, aunque no me suena a “sagrado”, sino a vida misma, a lo cotidiano casi; pero, así son las cosas. En 130 y tantos años de total dominio y sometimiento a la institucionalidad chilena, las distancias no se han acortado y los intentos de diálogo son apenas esbozos de una buena intención.

Esta exposición pretende contribuir a esa necesaria aproximación de dos mundos que aparentemente se confunden, se mezclan, se conectan; pero, que en lo cierto es apenas una reiteración de lo acontecido aquel día en que mis antepasados observaron a los primeros barbados en la ribera norte del gran Bío Bío. Ellos, con ojos inquietos, en el sur acogedor que todos llevamos.


Lo primero es preguntarse si en la cultura mapuche existe el concepto “fiesta” como se entiende y vive en el lado no mapuche.

Citando al diccionario de la RAE, la fiesta se manifiesta en lo civil y en lo religioso. En lo civil, la gente se reúne para celebrar cualquier asunto y básicamente el momento transcurre entre comer, beber y danzar, con el único propósito de pasar un buen rato, de entretenerse. En lo religioso, las culturas criollas o mestizas se encuentran en torno a un hecho propio del calendario religioso cristiano.

Y ¿los mapuche? Ciertamente, existe allí lo que se denomina “lo civil”; sin embargo, “lo religioso”…

¿Existe algún concepto del mapuzugun equivalente a religión? No, como tampoco existen los conceptos Dios, cielo, pecado y otros ligados a la religión cristiana. Los cronistas y los sacerdotes interpretaron – naturalmente – desde sus experiencias de vida, desde su cosmovisión, lo observado en la sociedad mapuche.

Y ¿el concepto fiesta? Tampoco.


A continuación cito a cronistas destacados en torno al asunto:

Alonso de Ovalle: Histórica Relación del Reino de Chile.

Alonso de Ovalle, en su “Histórica Relación del Reino de Chile”, escrita entre los años 1643 y 1644, describe algunos momentos de un xawvn[1] cuyo nombre – en mapuzugun – no menciona; pero que en español denomina “borrachera”.

Dice Ovalle que los mapuche en ese instante bailan “a saltos moderados, levantándose muy poco del suelo”. Agrega que “bailan todos juntos haciendo rueda y girando unos en pos de otros alrededor de un estandarte que tiene en medio de todos el alférez que eligen para esto, y junto a él se ponen las botijas de vino y chicha, de donde van bebiendo mientras bailan, brindándose los unos a los otros,…”. Continúa más adelante informando que “las mujeres, como más vergonzosas, no se mezclan en estos bailes, sino una u otra después que ha comenzado a calentarse con el vino, y entonces no entran en la rueda de los hombres, sino bailan por de fuera. Respecto de la música que acompaña ese momento, menciona tambores y flautasque las hacen de huesos y canillas de animales. El modo de cantar es todos a una, levantando la voz a un tono, a manera de canto llano… y en acabando la copla, tocan luego sus flautas y algunas trompetas… y luego vuelven a repetir su copla y a tocar sus flautas, y suenan éstas tanto, y cantan gritando tan alto y son tantos los que se juntan a estos bailes y fiestas, que se hacen sentir a gran distancia”, (Ovalle, p 79-80).

Como ya se ha hecho notar, para Ovalle lo presenciado corresponde a una fiesta, a una “borrachera”. Sin embargo, aproximadamente – 400 años después – esta descripción se asemeja a la de un gijatun actual, excepto en lo de ingerir abundantemente bebidas alcohólicas durante la realización del mismo, aunque existen algunas localidades en que se bebe hasta emborracharse, después de finalizada la ceremonia. El resto de las llamadas comunidades mapuche no aprueba esta práctica, argumentando que para “fiestas” existen otros momentos.

Son característicos del gijatun actual la danza “a saltos moderados”, el hacer rueda y girar danzando, alrededor del rewe. También es parte de esta ceremonia el beber muzay de trigo o de maíz, cuya confección ha ocurrido unos dos o tres días antes. Por otra parte, las mujeres danzan separadas de los hombres, en filas intercaladas. (En la Comuna de Nueva Imperial es común que las mujeres vestidas tradicionalmente sean ubicadas en primera fila[2] y a continuación se sitúan los hombres que tocan instrumentos (xuxuka y pifvjka)). Con relación al canto colectivo es observable entre los mapuche pewence y en la precordillera. Allí las mujeres cantan a los danzantes hombres, todas al mismo tiempo. En la zona de Lautaro ocurre algo semejante; probablemente, por tratarse de un área en que las costumbres de la cordillera y de los bajos se superponen. Muy similar situación se puede observar en las proximidades de Vilcún.

También – en la actualidad – se realizan estas mismas acciones, aunque con diferente propósito, en un geykurewen (cambio de rewe realizado por un/a maci, cada cuatro años o al cambiar de ubicación su casa).

Francisco Núñez de Pineda y Bascuñán: Cautiverio Feliz.

Citado por Ricardo Latcham, narra un xawvn en que describe aspectos de lo que ambos autores denominan fiesta, aunque Latcham cree que se trata de “bailes” o “ceremonias en que celebraban la generación” (Latcham, p 76).

Dice Núñez de Pineda, “Salieron diez o doce mocetones desnudos y en carnes, tiznados con carbón y barro hasta los rostros. Estos danzantes ridículos traían ceñidas a la cintura unas tripas de caballo bien llenas de lana, y más de tres o cuatro varas a modo de cola, colgando, tendidas por el suelo; entraban y salían por una y otra parte bailando al son de los tamboriles; dando coladas a las indias, chinas y muchachas, que se andaban tras ellos, haciéndoles burlas y riéndose de su desnudez y desvergüenza”.

“Después de haber andado de la suerte referida por entre todo concurso de hombres y mujeres, subieron por las maromas que a modo de jarcias estaban puestas por las cuales subían a lo alto y volvían a bajar y otras veces se pasaban sobre los estribos de los andamios, de los cuales pendían las puntas de las maromas y se ataban en las partes vergonzosas un hilo de lana de un dedo de grueso, de donde les tiraban las mujeres y muchachas, bailando los unos y los otros al son de sus instrumentos. Y esta es la fiesta más solemne que entre estos bárbaros acostumbraban” (Latcham, p. 76).

Si buscamos en el tiempo actual, la única danza exclusivamente de hombres es el coyke purun que en la zona pewenche asume el nombre de xeqvl purun. La danza pewenche es realizada por cinco hombres que ingresan al espacio en que ésta se desarrolla desde otro más exterior. Salen por ese mismo lugar. Todas las familias participantes danzan, una después de otra, hasta completar el ciclo y lo vuelven a comenzar. Las mujeres le cantan a cada danzante, sentadas en el borde interior del gijatuwe.

En los territorios bajos y junto al mar, el coyke purun es también danza masculina, realizada por cuatro hombres, que tiene lugar al finalizar un gijatun o un geykurewen. También se le puede ver en un funeral de logko, justo antes de levantar el cuerpo. La música es realizada por maci o por alguna persona autorizada. A veces, es acompañado de canto y generalmente, no.

Los pewence danzan vestidos por una vkvja o reboso femenino que se atan a la cintura, de tal modo que simulan una cola. El resto de su cuerpo está desnudo. Además suelen llevar cascabeles (kaskawija) y un tocado de plumas de avestruz. En los demás sitios de Gulumapu[3] algunos hombres bailan sólo llevando pantalón, arremangado hasta sobre o por debajo de las rodillas. Sin embargo, muchos otros lo hacen sin desnudarse el torso, aunque todos van descalzos. Como tocado llevan un xarilogko de lana y hojas de kvlon (maqui) o de foye (canelo). La pintura en el rostro y/o en el cuerpo puede estar presente, dependiendo del ceremonial. Las alas de los coyke es simulada con el uso de vkvja (reboso femenino) o makuñ (manta masculina).

El coyke purun de los bajos, tiene momentos en que el ambiente se relaja, y aún siendo parte de un gijatun resulta entretenido para todos los asistentes. Hay situaciones que lo evidencian, como por ejemplo: se le dan órdenes que resultan cómicas al ser ejecutadas; algunos hombres – desde el ruedo – improvisan boleadoras y las lanzan a los pies de los danzantes, o ellos mismos, rodean a una mujer para llevarla a danzar consigo en torno al rewe. También –a los danzantes – se les gritan bromas.


Lo descrito por Núñez de Pineda es bastante complejo en su estructura, de modo que debe tratarse – como piensa Latcham – de alguna ceremonia ya extinta, y no de una fiesta del tipo civil.


Niños en acto escolar (Chol Chol)
Fotografía: Erwin Quintupill


Coyke purun urbano.
Fotografía: http://hijodelsalitre.blogspot.com

DOS AUTORES MAPUCHE DEL SIGLO XX

Consultados dos textos clásicos (Pascual Coña y Manuel Manquilef), ambos de principios del siglo XX, no se encuentra entre sus relatos ningún hecho posible de ser llamado fiesta. En sus narraciones hay muchas situaciones en que las personas comparten y festejan; pero, como consecuencia de un hecho más significativo. Por ejemplo, como parte de un rukan, mingako, malaltun o ganpvlkan. (El rukan es la construcción de una casa, el mingako corresponde a la siembra o cosecha, el malaltun a la confección de un cerco y el ganpvlkan al regreso de quien se hallaba ausente por asuntos de familia).

Los conceptos utilizados por ellos para referirse a los hechos mencionados son como se muestra a continuación:

Kawiñ (Coña, p 138), para referirse al momento de la finalización de un trabajo colectivo (mingako), en que efectivamente las gentes celebran comiendo, bebiendo y cantando. El mismo concepto es empleado para referirse a varios tipos de ceremonias; como por ejemplo, palin, gijatun, mafvn, eluwvn, geykurewen y otros (Coña, p. 146; Manquilef, p. 47). El palin es una ceremonia centrada en lo deportivo. El gijatun es la ceremonia de mayor significancia para el pueblo mapuche, en que se solicita y da para restablecer el equilibrio del cosmos. El mafvn es la ceremonia con motivo de la unión de dos personas que inician una familia. Eluwvn es la ceremonia funeraria, y el geykurewen como ya se ha dicho corresponde al cambio de rewe de un/a maci. Cuestión similar ocurre con este concepto en muchos otros pasajes del mencionado libro.

Ayekan es un concepto que Coña utiliza para referirse a los asuntos entretenidos (ayekan zugun), (Coña, p. 184).

Xawvn, es la palabra que se emplea para referirse a una reunión de cualquier tipo, realizada por varias personas. Ambos autores lo utilizan como sinónimo, aunque es de hacer notar que Coña lo hace a través de la escritura del sacerdote Wilhem de Moesbach y Manquilef por sí mismo.

EN LA ACTUALIDAD

Consultados cuatro autores modernos, respecto de los mismos conceptos encontramos que:


Ayekan
Xawvn
Kawiñ
Cañumil


Fiesta
Chiodi y Loncón
Para reír
Reunión, encuentro
“Festejo”
Paillafilu
Divertirse
Reunirse, juntar
“Encuentro”
Pérez
Reír siempre, reír sin embargo
Reunión, fiesta
Reunión

Se observa claramente que no hay unanimidad respecto al significado que le asignan a los conceptos.
           

Coyke purun en palin.
Fotografía: Erwin Quintupill
Hueychahue, marzo de 1997


Calicen, saludo protocolar en palin.
Fotografía: Erwin Quintupill
Boroa, octubre del 2010.

Dos hablantes naturales de la actualidad

Finalmente, he recurrido a dos personas conocidas y que para nosotros son autoridades respecto del uso del mapuzugun[4].

Uno de ellos es un hablante natural del idioma, Víctor Cifuentes, originario de Quintrilpe, lugar cercano a Vilcún. Artista multifacético, se ha distinguido por ser el autor de varias traducciones del castellano al mapuzugun[5]. Al consultársele acerca del concepto “fiesta”, asegura que no existe; pero que sí acontece un ambiente festivo en diferentes tipos de situaciones.

Cifuentes hace mención a los siguientes conceptos relacionados con la normativa que rige la convivencia humana:

Ayekafe: Palabra que se emplea para referirse a una característica de la persona; por ejemplo, bromista, entretenida o alegre, y no para definir un rol social.

Ayekan: Menciona tres acepciones.

ü      Expresión de la esencia del ser maci, no verbalizada. Si a una maci no le sale lo que tiene que decir; entonces, le pueden indicar “ayekage may”, no te esfuerces en manifestar lo que tu espíritu quiere hacer o quisiera entregar… Entonces puede expresar sonidos con el kulxug o en forma de danza, en lugar de hacerlo oralmente.

ü      Bromear. Echar tallas acerca de asuntos de la vida real, sin intención de ofender, en situaciones serias o protocolares. En ese caso se dice “re ayekan mvten, peñi”, para dejar en claro que no se trata de algo serio.

ü      Todo lo entretenido que realizan, ya sea desde sí mismas o desde asuntos externos, las personas participantes de un hecho como un mingako o cualquier otro asunto.

Al parecer, ayekan tiene que ver con equilibrar las emociones, indistintamente del contexto o circunstancia, ya que – por ejemplo – cuando un grupo se colude para molestar a otro se da un ayekan entre ellos y no con la víctima. Ayekan es también una forma de hacer cariño a otro. Lo mismo acontece cuando dos partes acuerdan un ajuste que satisface a ambos. Ese hecho produce una situación agradable para ambas partes. En ese caso ocurre un equilibrio que se puede entender como ayekan.

Kawiñ:

Dice Cifuentes que se refiere a cuando varias personas se encuentran. Se trata entonces de un encuentro o reunión, indistintamente del motivo. Pone como ejemplo, el concepto kawiñwemapu, para referirse a un sitio de encuentro, a un espacio vacío en que se realiza ordinariamente un encuentro; de modo que kawiñ es la actividad que tiene ocurrencia en ese espacio.[6]

Para finalizar esta parte de mi exposición, cito a Moisés Cheuque, un joven maci que reside en el sector Yewpeko (Comuna Padre Las Casas). Al ser consultado, en enero de 2014, respecto de si existe alguna palabra mapuche equivalente a “fiesta”, respondió: “Me pilló, peñi. No sabría contestarle. Tengo que pensarlo”, lo que viene – en mi opinión – a corroborar – de alguna forma – que no existe tal correspondencia de conceptos.

LA FIESTA EN LOS TIEMPOS ACTUALES

Efectivamente, la sociedad mapuche ha incorporado la fiesta en el sentido puro de la entretención, adaptándola a su modo de realizar la convivencia.

Suponemos que la pérdida del territorio ancestral y el sometimiento a la institucionalidad chilena, aceleró la incorporación de esta práctica. Así entonces, surgieron los torneos de fútbol, la celebración de “santos” y “cumpleaños”, la partida o emigración a la ciudad, las rifas y bingos, y muchas más. En estas ocasiones se ameniza con bailes adoptados de acuerdo a cada época. Cuentan los mayores que hasta los 60, la fiesta era amenizada sólo con guitarra y una cantora o cantor[7]. Poco después se incorpora el acordeón. Posteriormente, el tocadiscos, la radio, el tocacintas, el minicomponente. En la actualidad, los torneos de fútbol son amenizados por bandas que interpretan cumbias, valses, rancheras y corridos.

Sin embargo, las familias – en la actualidad – siguen manifestándose de manera festiva a la usanza antigua, cuando por ejemplo se visitan, aunque es una práctica de personas mayores. En esos casos, incluso surge el vl o canto mapuche tradicional.


Mafvn (casamiento).
Fotografía: Erwin Quintupill
Hueychahue-Saltapura, mayo del 2009


Mafvn (casamiento).
Fotografía: Erwin Quintupill
Hueychahue-Saltapura, mayo del 2009


Mafvn (casamiento).
Fotografía: Erwin Quintupill
Hueychahue-Saltapura, mayo del 2009


Torneo de fútbol
Fotografía: Antonio
Saltapura, febrero de 1978


Torneo de fútbol
Fotografía: Erwin Quintupill
Millacoy, enero de 2009

Para finalizar, podríamos pensar que la fiesta como la concibe la chilenidad no existió en los tiempos pasados; pues, la mayor parte de la vida mapuche acontecía en un contexto cargado de espiritualidad. Los antiguos consideraban que todo lo que nos rodea no es de pertenencia de lo humano, sino que lo humano convive con ello, a través de una interacción de energías que se hallan en un constante juego de equilibrio y desequilibrio. Por ello, entonces, era/es necesario recurrir a lo que el mundo occidental identifica como un rito, y que en el mundo mapuche viene a ser lo cotidiano[8] que consiste en sostener una conversación bajo cierta normativa consensuada a lo largo de muchos años, con aquella parte del todo con que se desea interactuar.

Esto no quiere decir que los mapuche de la antigüedad no tuvieran o crearan instancias de entretención, porque esa es una necesidad cotidiana también. Tan así que en situaciones de compleja emotividad como suele ser la realización de un macitun, existen momentos en que la risa surge espontánea, aún durante la realización de la ceremonia misma[9].

Los hablantes naturales del mapuzugun, en la actualidad continúan la costumbre de brindarse canciones, con el único propósito de agradar a su interlocutor. Esto sucede en situaciones de visitas protocolares u ocasionales, o con motivo a algún trabajo colectivo – por ejemplo, la finalización de un mingako –, o cualquier instancia de reunión que lo permita. En esos instantes también puede haber uso de instrumentos musicales, si los hay a mano. Se trata de entretención pura, en el contexto de lo que llamamos ayekan, necesario para equilibrar las emociones.


FUENTES DE CONSULTA Y BIBLIOGRAFÍA:


Entrevista registrada:

-         Víctor Cifuentes. Quintrilpe, 8 de enero de 2014.

Entrevista no registrada:

-         Moisés Cheuque. Cunco, enero de 2014.

Publicaciones electrónicas:

-         Cañumil, Tulio (2011) MapucheÑi Gvnezuam. Estudio del Idioma Mapuche. Internet.
-         Chiodi, Franchesco y Locón, Elisa (s/fecha) Crear nuevas palabras. Instituto de Estudios Indígenas (UFRO), Unidad de Cultura y Educación (CONADI).
-         Paillafilu (s/fecha) Guía para aprender y enseñar el mapuchedungun. Internet.

Referencias:

-         Coña; Pascual (1984). Testimonio de un cacique mapuche. Pehuén Editores.
-         De Ovalle, Alonso (1951). Histórica Relación del Reino de Chile. Empresa Editora Zig-Zag, S.A.
-         Latcham, Ricardo E. (2001) La Religión de la Antigua Tierra de Chile. Editorial Kushe.
-         Manquilef, Manuel (2006) Comentarios del Pueblo Araucano. Serindigena Ediciones.

Documentos no publicados:

-         Pérez, César (s/fecha) Diccionario Mapudungun-Castellano. Editorial Mentanegra.




[1] Las palabras en mapuzugun están escritas con el Grafemario Raguileo.
[2] Este hecho tiene como propósito destacar a las mujeres que utilizan el vestuario tradicional, por encima de aquellas que concurren con vestuario occidental. Incluso hay lugares – en esta zona – en que se rechaza la participación de mujeres con pantalones, de tal modo que deben retirarse a cambiarlo o cubrir esa prenda con otra que la oculte y que reemplace el kvpam.
[3] Gulumapu: Territorio mapuche entre la Cordillera de Los Andes y el Océano Pacífico.
[4] Mapuzugun. Idioma mapuche. También llamado mapuchezugun, mapunzugun y cezugun en algunas localidades.
[5] Algunas traducciones realizadas por Cifuentes son los libros: 20 poetas mapuche contemporáneos (Huenún, 2003), Azul gris (Pulquillanca, 2009), Antología de poesía indígena latinoamericana. Los cantos ocultos (Huenún, 2008), Haykuche (Aniñir, 2008), La tarde cae en las hojas de los árboles (Antillanca, 2006) y Cuentos del olvido (Antillanca, 2009).
[6] Durante la conversación también nos referimos al concepto kawiñkura que hace referencia al contenido del kulxug, que es dado a saber a los/as maci, a través de un sueño. En este caso – al parecer – la palabra está relacionada con la energía (newen) que representa a un conjunto de elementos que tienen newen para convocar, para reunir.
[7] A la fecha, aún es posible encontrar a alguna persona mayor que sabe tocar la guitarra traspuesta, es decir, afinada por “tercera alta”, “trasporte” o alguna otra afinación propia de los cantores campesinos chilenos.
[8] Los adultos siempre refieren relatos de hacer un gijatu al sacrificar un animal, cualquiera sean las circunstancias, ya sea durante una ceremonia colectiva o simplemente para la alimentación familiar. Lo mismo al amanecer, y al ingresar a un bosque para proveerse de madera para la calefacción o para construir, al iniciar una siembra, un viaje, etc.
[9] Durante la realización de un macitun pueden darse momentos hilarantes, como parte del hecho mismo. Más aún, entre pasada la medianoche y el amanecer, existe el momento del ayekan, ocasión que siendo parte de la ceremonia, reviste relajo para los asistentes. Generalmente, durante el ayekan, las personas se alimentan, toman mate, bailan libremente, cantan, tocan instrumentos, conversan, relatan sucesos pasados, etc.

lunes, 7 de abril de 2014

ENFERMEDADES DE KILTRO


Piciwenvy. Diciembre del 2013.

Tratamiento por quince días me informó el médico veterinario, la tarde en que fui a retirar de la clínica a mi PICIWENVY (Amigo Pequeño).

Analgésico y antiinflamatorio    dos tabletas diarias (cinco días)
Antibiótico                                          dos veces al día (veinte días)
Curaciones con pilividona yodada        tres veces al día (quince días)

Me fue doliendo el rostro con la tensión. Ya me estaba ocurriendo, desde el momento en que me dieron el diagnóstico.

Hace meses que le sentía mal aliento. Era por una enfermedad que le da a los viejitos. (Este año cumplirá 9 x 7). Pero, lo peor fue que le había estado creciendo un testículo, y se trataba de un tumor.

Lo fome es no poder hacer la vida normal.

¿Por qué comparto esta situación? Porque los perros y otros animales que adoptamos requieren de nuestro compromiso con ellos. No son una entretención, ni un chiche, ni un adorno… Son seres vivos que requieren de nuestra atención y debemos estar dispuestos a pasar sus malos momentos, acompañándolos…

En realidad, al Piciwenvy, “no lo adopté yo”. Fue KURVAYVW (Alegría Negra). Un día, el pequeño estaba en la calle mirándonos desafiante, y con su ladrido de bebé nos dijo/ladró unas cuantas porquerías. Lo creo así, porque no sonaba amistoso. Lo dejamos ser. Mi viejo Kurvayvw había aprendido esa vieja canción de los Beatles. El curioso pequeño se quedó incrédulo ante nuestra respuesta… Y de a poco se nos fue acercando. Cruzó el cerco y comenzó a husmear entre nosotros. Hicimos como que no nos importaba, hasta que descubrió el comedero. ¿No vayas a empacharte enano, con tanta comida? Por eso le retiré los manjares, después de que había tragado una ración aceptable. Se quedó por el sitio explorando. Creo que en algún momento se fue.

Cuando era noche salí a ver. Mi viejo era casi entero negro y el enano un poco menos. Allí estaba, enredado en el vientre de mi amigo, durmiendo ambos. Por eso, digo que no fui yo quien lo adoptó. Se/nos hicimos amigos. Lo venían a buscar; pero, regresaba a toda hora. Finalmente, se sumó a esta “extraña familia”.

Kurvayvw ya no está. Murió en mis brazos, mientras viajábamos a toda carrera a Temuco, en busca de ayuda médica. Yo no busqué su abrazo; fue él quien en su inmenso dolor posó su cabeza sobre mis piernas y después su cabeza en mi vientre y sus brazos a  mi alrededor, del mismo modo que lo hizo cuando viajamos por primera vez a Saltapura, siendo él muy pequeño aún… Kurvayvw también llegó solo, allá en Nueva Imperial y se quedó conmigo. La pasamos muy bien, siempre; y aprendí tanto de/con él. Lo echo de menos… Jugábamos a la pelea, le gustaba ir al campo y nadar, aunque las kiltras fueron su debilidad hasta el último de sus días.

Ahora este episodio de la operación está llegando a su fin. Espero que las cosas vuelvan a su lugar.

La PEZAN (Encontrada) es una loca hermosa que nos acompaña desde hace casi dos años. Ella también estuvo a punto de morir. Su cuerpo abandonado vagaba por los caminos rurales, siendo una costra de sarna perruna. Fue largo el tratamiento y costoso, también. Ahora está de exposición. No para en su exceso de energía… Yo digo que debimos llamarla CIWVZ CIWVZTU[1] o MEULEN[2] por su exceso de locura.


Pezan. Diciembre del 2013.

Mi kiltro campana le llamo mientras, al Piciwenvy, por eso de andar con el cuello plástico que le impide quitarse los puntos. Anda por ahí, haciendo de las suyas, aunque no puede salir a la calle cuando se le antoja; y por eso, yo abro la puerta a cierta hora y lo invito a salir para que socialice con los otros amigos de la patota (como decía mi amigo Marcelo), el PICHO, el CHOLITO y el GORDITO, los kiltros del Pasaje en que vivimos.

Para las personas que han  aprendido a socializar con los demás animales. Para todos.

Mi afecto

Erwin



Piciwenvy. Marzo del 2014.


Piciwenvy. Junio del 2013.


Pezan. Diciembre del 2013.


Pezan. 12 de diciembre del 2010.


Pezan. 19 de diciembre del 2010.


Pezan. Marzo del 2014.


Piciwenvy y Kurvayw, jugando. Octubre del 2008.


Piciwenvy y Kuriayvw. Septiembre del 2009.


Kurvayvw. Octubre del 2008.


[1] Ciwvz ciwvztu: La danza del remolino que en enseñaron en Antiquina. Las personas (hombres y mujeres) danzamos libres en torno al rewe y cuando el kulxug cambia de sonido, todos/as giramos como un trompo. Después, continuamos con lo mismo. (A mí me gustó mucho, sobre todo en el momento en que las mantas y los vestidos se amplían con las vueltas):
[2] Meulen: Remolino del mediodía que porta malas energías.

domingo, 10 de noviembre de 2013

YO ESTUDIANTE 3

Lo que les comparto fue escrito en 2009. He venido subiendo fragmentos y esta es la tercera parte: corresponde a mi llegada a la ciudad.


Marzo de 1969

En la ciudad

En marzo de 1969 me trasladaron a vivir a la comuna de Talcahuano, porque allá se encontraban mis padres biológicos, quienes habían manifestado hacerse cargo de mi formación de allí en adelante. Ingresé a un colegio de niños en que la situación era la misma, salvo que mi profesora jefe (María Isabel Lara) supo situar mi condición ante el curso que me recibió curioso. No recuerdo las palabras que pronunció. Creo que habló de los primeros habitantes, de la “resistencia araucana” y cosas por el estilo. Todo ello, porque sorprendió a uno de los integrantes del curso haciéndome motivo de entretención. Fue la primera y última vez que alguien me llamó indio. Posteriormente, yo mismo me autodefino como tal, como una forma de revertir el sentido. Sí, soy mapuche, soy indio, no chileno. Un “indio de carajo”, como decía (¿o dirá aún)?) mi primer profesor.

En ese colegio, ubicado en la actual comuna de Hualpen, éramos solo niños. Es la única vez que viví esa situación anómala de vivir separado de las mujeres. En Saltapura estábamos todos juntos y en muchas ocasiones compartíamos los juegos.

Allí comencé con mis problemas de inserción social. Hice un par de amistades; pero, no llegué a ser parte de un grupo. No me iba bien ni mal. Me hice del montón. No conocía la ciudad ni me animaba a explorarla.

Llegué a vivir con mi madre biológica. Lo hacíamos en una mediagua, ubicada justo al lado de un galpón-bodega en donde se guardaban los materiales de construcción de la población que se construía, por medio del sistema de autoconstrucción. A unas dos cuadras estaba la calle Colón y por el otro lado el aeródromo de Hualpencillo. Desde allí veía salir y llegar pequeños aviones. A la distancia se veían los inmensos hangares; pero, jamás me aventuré por allí. La pista de aterrizaje estaba en el centro de un terreno eriazo, cubierto de pasto de color claro y matas de chochos, a unos cien metros de las pocas mediaguas levantadas allí.

Las demás familias, unas diez más o menos, eran de aquellas que no tenían en donde vivir y temporalmente – mientras se construían sus futuros hogares – fueron autorizadas para vivir en las inmediaciones. Había poca gente por allí. El colegio – en  la Población Armando Alarcón del Canto – no estaba tan lejos, aunque de eso me di cuenta mucho tiempo después. Lo entretenido del lugar es que no había mucha gente y de poco ruido. Me la pasaba leyendo o escuchando música en una vieja radio de tubos que nos facilitó un vecino que no disponía de luz eléctrica.

La enseñanza media

Después vino la enseñanza media, en un Liceo fiscal, ubicado en el sector Las Salinas, cuyo cerco estaba prácticamente todo en el suelo. Aún así, tengo la impresión de que no estaba tan mal, porque mis compañeros/as de 4º medio quedaron todos aceptados en la universidad, excepto uno. Eso sí, quienes no estaban motivados para estudiar, simplemente se iban hacia la parte trasera, en donde no había obstáculo alguno que impidiera correrse de clases.


Julio de 1973

De esa época, recuerdo a los profesores Pérez (María y David). Ambos enseñaban matemática. Cuando María debió dejar la jefatura de nuestro curso, se las arregló para heredársela a su hermano. Con él tuvimos nuestro mejor paseo de estudiantes, acampando a las orillas de un río en Diuquín (cerca de Laja). También recuerdo al profesor Sadi Mora, un hombre serio (por el cual algunas compañeras se derretían), porque en una ocasión nos llevó a la Laguna Grande de San Pedro, y exploramos junto a él los pantanos de sus alrededores. Nos hizo tomar muestras de agua. Lo mejor vino después, porque habilitó parte de unos talleres que casi no se usaban como sala de estudios. Allí con un par de lupas y unas pocas cápsulas Petri descubrimos la regeneración de las planarias. Fue alucinante, ya que al momento de los recreos nos íbamos a ese lugar. Raro, ¿no? Lo que quiero dar a notar es que el Liceo estaba mal habilitado, pero que algunos profesores/as –creativamente– se las arreglaron para lograr aprendizajes significativos en nosotros. “El que quiere, puede”, dicen por ahí; además, la mayoría de mi curso era inquieto por aprender.

El primer profesor de música que tuve fue todo un estímulo. Nos hizo cantar en coro y cuando nos escuchamos, inflamos el pecho como pavos enamorados. Con él hice mi primer trabajo de investigación. Con él conocí las “Coplas al viento” de los Quelentaro. En su clase supe que “Imagine” de John Lennon podíamos considerarla una canción de protesta social, según la presentación de una compañera. Igualmente recuerdo a la profesora de Ciencias Naturales, participando en una marcha en la calle Colón, organizada en apoyo al gobierno de la Unidad Popular. Debió ser en 1973. Nunca más supe de ella. Fue la primera vez que vi a una profesora en una manifestación callejera.

Allí tampoco hice amigos íntimos. Me relacionaba más con unos que con otros; pero, la mayor parte estaba conmigo mismo. Conversaba con mis compañeros/as, cuando estábamos de a dos. En grupo, tomaba palco y hablaba poco. Sin embargo, siempre sentí que era parte del curso, tanto en lo positivo como en lo demás. En primer año, hice de delegado del curso durante una convención que se realizó con participantes de todos los cursos. Se trataba de un asunto político. Yo casi no participé, no tenía experiencia, así que escuchaba y anotaba acerca de las discusiones que se dieron. Así pude informar a mi curso sobre lo que allí se debatía. Éramos muy pequeños: teníamos apenas 14 años, la mayoría.

Después ya no me hice notar por nada; pero, cuando hubo alguna maldad colectiva como el “día de la greda” o el “de la torta”, aunque no fui protagonista principal, me sentí responsable de la embarrada porque había disfrutado de la barrabasada; de modo que al momento de poner la cara no dude ni un instante en colocarme junto a “los culpables”.

La mayoría éramos hijos de familias pobres y de clase media empobrecida. Sólo en 3º año se nos unieron una pareja de hermanos cuyos padres tenían un ingreso superior; pero que no fueron un problema. Recuerdo que al ingresar al 1º año, nos aplicaron una prueba. Por lo que recuerdo, creo que se trató de un test de inteligencia. De acuerdo a los resultados construyeron los cursos. Así se formó el 111, los más selectos. Nosotros no lo supimos; pero captábamos que algo había. Nos caracterizó el hecho de que jamás nos obligaron a estudiar, lo hacíamos por iniciativa personal. Éramos de los que nos quedábamos trabajando las tareas durante el recreo, de aquellos que se organizaban para conseguir propósitos como un “reinado” y trabajábamos físicamente como limpiando el jardín del liceo para reunir puntaje. Antes de ingresar a clases – por las mañanas – era común vernos “tomándonos la lección” de la evaluación que tendríamos durante esa jornada. De igual manera, había mucha inquietud por otros asuntos y protagonizamos muchas maldades de adolescentes inocentes. Fue el mejor curso que he tenido.


Para finalizar repetiré que nuestros profesores/as fueron de todo: desde aquel que desarrolló estrategias constructivistas sin que el discurso aquel existiera, sino porque llegó a pensar que haciéndonos interactuar con los contenidos aprenderíamos más fácilmente, hasta aquellos que nos dictaban TODO. Fuimos un experimento mal pensado – creo yo – porque si bien algunos profesores después dijeron que nunca antes ni después hubo un curso “once” como del que fui parte, sé que pudimos ser mejores. A mí me hubiera sido de mucho más provecho otra forma de organización del trabajo. Eso me hubiera permitido desarrollar aprendizajes de mejor calidad. Que no me hubieran dictado la mayor parte de los contenidos, sino que me hubieran enseñado a buscar la información necesaria, que me hubieran relacionado la matemática con la vida cotidiana, más análisis de textos simples antes de colocarme ante un ensayo de Unamuno que me dejó hecho pasta, ni hablar del Inglés… Imagino que la causa de todo aquello fue una mala administración y los vaivenes políticos de la época.


Curso 411, año 1975.
Fotografía: El Diario Color.