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miércoles, 1 de mayo de 2013

CUENTO: LA VÍBORA

Este cuento me fue narrado por Andrea Raguileo, mi sobrina que vive en Nueva Imperial y que se crió junto a mis padres –sus abuelos-, en 1992.

Trata la historia de un príncipe encantado, que presenta la forma de un culebrón y que salva de la ceguera con ayuda de una maci (machi). Estamos entonces, ante un cuento de origen no mapuche, pero adaptado -parcialmente- a nuestra visión. Son muchos los cuentos de origen no mapuche que nuestros padres utilizaron/utilizan para entretenernos y orientarnos en la vida.

Hay cuestiones curiosas como el título que Andrea me dio, pues con ese lo aprendió de su tía Isabel; pero, durante la narración no se menciona la palabra aquella, sino la de culebrón.

Lo demás es propio de los cuentos europeos que nos llegaron con los españoles: el príncipe, la princesa, el rey, el hallazgo del niño-culebrón, los obstáculos para conseguir un objetivo.

LA VÍBORA[1]

Se trata de un viejito y de una viejita que vivían solos, y que no tenían hijos. Un día, el viejito - que andaba en el campo - escuchó un llanto de guagua. Buscó y buscó, hasta que la encontró; pero, se trataba de un culebrón que lloraba como guagua. El viejito se lo llevó para la casa, y allá - con su viejita - lo criaron.

El culebrón empezó a crecer, y como si fuera un niño, también aprendió a hablar. Cuando ya era grande, el culebrón le dijo un día a su papá que se quería casar, y que quería que fuese a pedirle la mano de su hija al rey.

El viejito y la viejita se entristecieron, porque no habían pensado en eso; pero, como el culebrón insistió, al final el viejito fue donde el rey a pedirle la mano de la princesa para su hijo culebrón. El rey se enojó, porque lo vio tan pobre. Que ¡cómo su hija iba a casarse con el hijo de un hombre tan pobre! Así que le dijo que bueno; pero, con la condición de que le transformara las paredes que rodean el palacio en oro.

El viejito se regresó triste y le dijo a su hijo lo que había pasado. El culebrón le dijo que no se preocupara, y al otro día las paredes aparecieron convertidas en oro. Entonces, el rey, dijo que no era suficiente, que ahora tenía que transformar a todo el palacio en oro. El viejito volvió triste otra vez; pero, el culebrón le dijo de nuevo que no se preocupara. Al otro día el palacio apareció convertido en oro. Pero, el rey dijo que no era suficiente, que tenía que convertir toda la quinta en oro, los árboles y los frutos incluidos. Apareció la quinta convertida en oro. Entonces, el rey no pudo seguir poniendo obstáculos, así que aceptó dar la mano de su hija.

Se preparó el casamiento. Los viejitos estaban tan preocupados, porque pensaban en lo que ocurriría cuando supieran que su hijo era culebrón. El día del casamiento llegó el culebrón y toda la gente se asustó. La mamá de la princesa le decía que ¡cómo se iba a casar con un culebrón! Todos le decían lo mismo. Pero, la princesa dijo que se casaba, no más. Le dijo a su papá que si habían hecho el compromiso había que cumplirlo.

Así que el cura, todo asustado, les casó, y cuando dijo que el novio podía besar a la novia, el culebrón se enrolló en la princesa, y al momento de besarla, se convirtió en príncipe. Nunca antes habían visto a un príncipe más hermoso que ese.

Ahí quedaron todos contentos, y los príncipes se fueron a vivir al palacio. Pero, cuando se transformó en príncipe, el culebrón perdió la piel. El príncipe dijo que guardaran la piel, y le encargó a la princesa que nunca le hiciera nada, que tenían que mantenerla. Pero, un día, después de mucho tiempo, la princesa estaba aburrida con la piel, así que la echó a la chimenea: Se quemó.

El príncipe se enfermó: quedó casi ciego. Se convirtió en paloma y así llegó a la casa de los viejitos (sus papás). La princesa le salió a buscar, y cruzó un río para pasar donde una maci[2] para pedirle un remedio. Ella se lo dio. Con ese remedio llegó a la casa de los viejitos, y encontró al príncipe ciego. Entonces, ella le echó el remedio en los ojos, y de a poco, el príncipe volvió a ver.

Después regresaron al palacio y allí vivieron.


[1] Narrado por Andrea Raguileo, en 1992. Lo aprendió de su tía Isabel Melillán.
[2] Machi.

domingo, 15 de enero de 2012

CUENTO: EL VIEJO TONTO

Este es un cuento que no tiene apariencia de epew tradicional mapuche; sin embargo, lo he escuchado muchas veces, antes alrededor del fogón, ahora en torno a la mesa. También he sido su narrador en más de una ocasión.


Tiene muchos elementos propios de nuestro ambiente social y hace referencia a un tiempo que ya pasó, por lo tanto se trata de elementos que se mantienen en nuestra memoria.

En estos días de mucha represión al ser mapuche, lo comparto - especialmente - con los niños/as y jóvenes de mi extensa familia.


Lo escribí a partir de un relato realizado por mi hermana Flor Raguileo en 1987. 


EL VIEJO TONTO


Hubo un matrimonio de viejitos. La viejita era bien galla; pero, el viejo era muy tonto. Eran solos. Un día la viejita se dio cuenta de que no les quedaba harina y le dijo a su viejo que tenía que ir a moler. Rápidamente, la viejita armó una kutama[1] de trigo. Ya, la puso al anca del caballo ensillado. El viejo ayudaba.

Mira, vas a ir a moler tú – le dijo – porque aquí hay mucho que hacer. Vas a llevar una fanega[2], y por la fanega te van a cobrar un almud[3] de trigo. Eso vas a pagar, por la maquila[4]. Ya, monta a caballo. Mientras tanto, voy a tener el fuego hecho y el agua caliente, pa hacer una tortilla en cuanto vuelvas. Pa no olvidarte, vas a ir repitiendo: “Por una fanega, un almud de trigo”. ¿Cómo vas a ir diciendo? El viejo respondió: “Por una fanega, un almud de trigo”. Ya, ándate ahora y no dejes de repetir, porque se te puede olvidar y a lo mejor pagas de más. Se fue el viejo repitiendo lo que le habían dicho. Iba en su caballo.

Junto al camino, un hombre cultivaba para sembrar y se preguntaba qué rendimiento podría tener. En eso va pasando el viejo tonto. El hombre le pregunta: “Oiga, abuelito. Buenos días. Usted que es de más edad, debe saber mucho. ¿Cuánto cree que me puede rendir la siembra que estoy preparando?”.

El viejo que va diciendo: “Por una fanega, un almud de trigo”. El otro lo escucha y se enoja. “Este viejo está tonto. ¡Cómo se le ocurre que va a rendir menos de lo que siembre! ¡Ah, viejo leso! ¡No tienes que decir así! Vas a decir: “¡Que salga! ¡Qué salga!”, pa que me dé buena suerte. ¡Ya!”.

¿Cómo tiene que decir? “¡Que salga! ¡Que salga!”, dijo el viejo. Como era tonto… Y siguió diciendo “¡Que salga! ¡Que salga!”. En eso iba, cuando va alcanzando una carreta que estaba detenida en el camino. El hombre que llevaba la carreta estaba desesperado, porque llevaba una pipa con vino y con el movimiento se había roto y se salía. ¡Abuelo, – le dijo – qué puedo hacer pa que no siga saliendo mi vino! El viejo iba llegando y diciendo “¡Que salga! ¡Que salga!”.

Qué indignarse más el hombre. ¡No lo agarro a palos con la picana, porque es viejo, no más! Tiene que decir: “¡Que no salga! ¡Que no salga!”. ¿Cómo tiene que decir?. “¡Que no salga! ¡Que no salga!”, repitió el viejo tonto. Ya, váyase ahora. Y se fue: “¡Que no salga! ¡Que no salga!”. Siguió hacia el molino; pero, tenía que pasar por un estero. Ya era tiempo bueno, así que el estero estaba medio seco; pero, había algo de barro.

Andaban unos ricos en vehículo. Allí quedaron empantanados, creyendo que podrían pasar. Cuando vieron que venía el viejo por el camino, pensaron que les podría dar un consejo acerca de cómo salir. Como es hombre de campo debe saber, se dijeron. Cuando iba llegando: Abuelito, – le dijeron – usted nos puede ayudar, díganos qué hacemos para sacar los vehículos del barro. Eran dos autos. El viejo se concentraba tanto en lo que le habían dicho, que no escuchaba y repetía: “¡Que no salga! ¡Que no salga!”. Los ricos se anduvieron como enojando; pero, vieron que era tonto. Ahí, le dijeron: No sea mala gente. ¡Cómo se le ocurre! Si no puede ayudar, al menos diga: “¡Que salga el uno, que salga el otro!”. Así tiene que decir.

“¡Que salga el uno, que salga el otro!”, repitió el viejo, y así siguió por el camino, hasta que fue llegando al molino. El molino funcionaba a leña, así que el molinero, en ese instante, estaba picando leña. Cuando el viejo va llegando, con tan mala suerte pal molinero, ¡que no salta una astilla y le da en un ojo al molinero!. El hombre se queja y le pide ayuda al viejo tonto. El viejo responde: “¡Que salga el uno, que salga el otro!”. El molinero, enrabiado, por el apuro no agarró a palos al viejo o no le dio con el hacha. ¡Viejo e moledera!, le dijo. ¡Te mandas a cambiar ahora mismo! ¡No pienso molerte! ¡Ándate! El viejo, como le dijeron que se fuera y nada más, se fue callado. Regresó a su casa. Allá legó.

-          ¡Moliste!, le preguntó la viejita. ¡Tan rápido!
-          No. No molí na. El molinero estaba enojado y dijo que no me iba a moler y me mandó pa la casa.
-          ¡Ay! ¡Quizás qué lesera hiciste! Por que sí, no más, no iba a ser. ¡Tendré que ir yo! ¡Te vas a quedar aquí! ¡te vas a preocupar que el fuego no se apague y de tenerme la tetera hirviendo cuando llegue!

Bien recomendado se quedó el viejo y triste. Le echó más leña al fuego, como le dijeron; pero, le puso demasiado. La tetera hirvió muy luego, los palos se consumieron y la tetera se dio vuelta. ¡La ceniza se subió por todos lados! ¡La polvareda! ¡No se veía nada! Ahí, el viejo se lamentaba:

-          ¡No sirvo para nada! ¡Todo lo hago mal! ¡Tan tonto que soy! Mejor me voy a matar y dejo de dar problemas.

Empezó a buscar algo con qué matarse. Entre las herramientas halló el combo y se fue con él hacia el patio. Tiraba el combo pa arriba y cuando venía cayendo, salía corriendo pa que no le cayera encima, pa salvarse. ¡Sería tonto! Volvía a tirar el combo y salía corriendo. En eso estaba, cuando de repente la herramienta cayó en unas matas. Al irlo a buscar, se da cuenta que cayó sobre una pava que estaba empollando. Él lo había olvidado.

Ahí, le vino la preocupación porque había matado la pava. ¿Cómo van a nacer los pavitos ahora?, pensó. Hasta que se le ocurrió pelar la pava. Con una grasa se embetunó el cuerpo y empezó a colocarse las plumas. “Pa que no se dé cuenta la vieja que murió la pava, me voy a echar yo”, dijo. Bien emplumado, se metió al nido. Ahí estaba cuando la viejita volvió del molino. A ella, le molieron y supo lo que le había pasado a su viejo.

-          ¡Viejo! ¡Viejo!, - lo llamaba. ¡Ven a ayudarme a bajar la harina!

Nada. El viejo no aparecía. La pobre vieja, sola tuvo que hacerlo todo. Ya calculaba que en otro problema tenía que estar. Entró a la casa y encontró el fuego apagado, ceniza por todas partes, la tetera dada vuelta y medio sumida entre la ceniza. “¡Ay! ¡Qué hizo este viejo, ahora!”. Salió a buscarlo:

-          “¡Viejo! ¡Viejo!”, decía. ¡Nada!

Lo buscó en distintas partes. Empezó a rebuscar entre las plantas. Pensó que podría haberse desmayado. De repente, al entreabrir una planta, lo encuentra.

-          “Sssssssshhhhh”, le dice el viejo, igual como hacen las pavas empollando.
-          ¡Qué estás haciendo ahí! ¡Y todo emplumado! Se quejaba, la pobre vieja. ¡Qué voy a hacer contigo! ¡Ya, sale!

Ahí, lo sacó. Le ayudó a quitarse las plumas, a limpiarse. Y le pidió que le ayudara a hacer el fuego y todo, de nuevo. Así fue. La viejita hizo pan y después tomaron mate. Y siguieron viviendo.


[1] Kutama: carga contrapesada sobre el caballo.
[2] Fanega: medida de volumen antigua.
[3] Almud: medida de volumen antigua.
[4] Maquila: Forma de pago que consiste en entregar un porcentaje del trigo molido. También la trilla se paga con maquila.