lunes, 12 de noviembre de 2012

YO ESTUDIANTE 2

Mi primera escuela formal

Estaba en Saltapura y pertenecía a Nolberto Licanleo, integrante de nuestro amplio grupo familiar. Él mismo era quien ejercía la dirección y las clases. Había estudiado en la Escuela Normal de Victoria, según algunas veces nos contó. Se trataba de una sala, que contaba con paredes de madera tinglada, sin forro ni cielo raso, tejado de tejas canoadas, piso de madera levantado sobre gruesos pilares de pellín. Ese espacio era toda la escuela, a la que asistíamos los niños y niñas del lugar. Durante ese año, recuerdo que hubo un par de estudiantes de origen chileno. Provenían de familias que habían sido instaladas en las inmediaciones de nuestro Saltapura por el Estado chileno; es decir, eran/son colonos; pero, de los pobres. Afortunadamente, no hay fundo alguno cerca de nosotros.

Sin embargo, la educación que se nos entregaba era la misma que la que se daba en las demás escuelas del país chileno. No había ninguna actividad relacionada con nuestro origen, nuestra realidad ni nuestras posibilidades de desarrollarnos con identidad. La escuela era ¿entonces? un lugar de desarraigo en que se enseñaba la chilenidad; en que se ensalzaba el patriotismo de los padres de la Patria chilena, haciéndosenos creer que éramos parte de ella; en que se nos mostraba a la machi como a una especialista en brujerías, mientras por las mañanas escuchábamos el tumtum de las oraciones de la que vivía en Bolil. Lautaro, Galvarino, Caupolicán aparecían como personajes míticos, desconectados de nuestra realidad, como situados en un tiempo remoto del que ya nada quedaba. Eso dictaban los programas de estudios de la época. Pero, nuestro profesor no lo hacía mejor; pues siempre se mostró convencido de que la educación debía servir para la chilenización. Él jamás ha mostrado sentirse identificado con su condición de mapuche. Él fue la primera persona a la que escuché usar el vocablo “indio” de modo jocoso y de menosprecio. Era una situación extraña, pero no cuestionada. Nuestros mayores vivían la resignación de la derrota, incapaces de cuestionar seriamente el proceso de awigkamiento que se presentaba. Reducido el espacio territorial, parecían ahogados en la necesidad de sobrevivir, sin poder explicarse el fin de los tiempos de abundancia. Estaban aplastados. El plan de los dueños del Chile en construcción había llegado a su fin y nada más les restaba continuar con la rapiña de apropiación del territorio, corridas de cerco y borracheras mediante.

De entre mis compañeros/as recuerdo a los Catrileo, Chicahual, Curiqueo, Ñanco, Collío, Pichichuinca…

En esa escuela, que ya no existe, aprendí sobre Historia de Chile y algo de Ciencias Naturales. El día en que llegué a ella, lo hice acompañado por mi primo Luis, pues él ya conocía el camino. El profesor me asignó la tarea de escribir una copia de la primera lección desde el libro que se llamaba “Al abrir la puerta”. En su portada había la imagen de un niño que entreabría una puerta. En realizar la copia eché toda la mañana y parte de la tarde.

Posteriormente, recuerdo que me asignaron la tarea de ayudar a mis compañeros que no habían aprendido a leer. Así, me convertí en el ayudante y enseñaba a los demás a unir las letras para formar las palabras. Trabajábamos con el silabario del “OJO” y después con el “LEA”. A mí me resultaba atractivo hacerlo.

Durante los recreos había algunas actividades por hacer. Un grupo de niñas se turnaban para hacer el almuerzo. Había alimentos donados por la “Alianza para el progreso” un programa de gobierno, proveniente de Estados Unidos. Había aceite en lata, polenta, porotos, leche, fideos y no recuerdo más. Tiempo después nos llegaron galletas, quáker. Los niños nos encargábamos de buscar algo de leña, la que sacábamos de los bosques cercanos. Tomábamos el agua desde un pozo que estaba a pocos metros, en el patio, y cubierto con unos pocos tablones. Los baldes que usábamos eran de tarros. En el pozo vivía una familia de sapos que era motivo de algunos de nuestros juegos.

Nos entreteníamos con juegos de esa época. Jugábamos al tejo uniendo monedas de cobre, al corderito sale a tu puerta, al luche, al trompo, a las escondidas, a “navegar” montados en troncos en el mallín que teníamos a un costado, a las bolitas, a andar al apa, a la culebra, a saltar la cuerda, etc.

EL ZORRO

Los epew del compadre zorro son varios y entre las familias se cuentan de diferentes modos. A veces, los epew se superponen, es decir, se enlazan y son narrados como si de un solo relato se tratara; pero, éste es único y no lo he escuchado en otro lugar sino que junto al fogón en mis años de infancia y después en torno a la mesa. Yo mismo me regocijo de darlo a conocer cuando la ocasión lo permite, cualquiera sea el sitio.

Pici epew (cuento breve), más parece un chiste.

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Hubo una ocasión en que el zorro fue a tomar agua al estero, después de haberse comido una gallina que se había robado. Hacía calor ese día, además. Era como mediodía y no había casi ningún ruido en el bosque, todo estaba en calma.

Tomó harta agua el cochino y después se fue por un caminito que había en el bosque; cuando de repente escucha como un silbido al mismo momento en que él daba sus pasos. Se detuvo y se quedó escuchando; pero todo estaba en silencio.

-          ¡Bah! ¿Será mi imaginación?, se dijo.

De nuevo empezó a caminar; pero, otra vez sintió como un silbido. Se detuvo de improviso y de nuevo NADA.

-          ¿Qué será entonces?, se dijo.

Empezó a ir un poco más rápido. Se preocupó, porque no sabía de qué se trataba; pero, al apurarse escuchó de nuevo el silbido, al mismo ritmo que él se apuraba. Se molestó y se detuvo de un repente… y de nuevo lo mismo: todo estaba en silencio, ni los pájaros se escuchaban, todos estaban callados a esa hora, ¿no ven que hace calor?

-          ¿No será que alguien se está riendo de mí?, pensó.

Y reanudó su marcha. Empezó a trotar. ¡Se escuchaba lo mismo!; pero, más rapidito. Otra vez se detuvo de un solo golpe.

-          ¿Qué porquería me estará bromeando?, pensó. ¿Dónde estará escondido? Pero…

Se enojó el zorro.

-          Me están remeando, pensó, y más se enojó.
-          ¡Pero… me voy a dar vuelta bien rápido pa pillarlo y ahí vamos a ver!, pensaba.

Entonces, empezó a caminar rápido y se escuchaba:

-          Fiu-fiu, fiu-fiu, fiu-fiu, despacio…

Apuró el pasó y más rápido se escuchaba el silbido… Empezó a trotar y más rápido salía el silbido…

-          Ya. Me voy a dar vuelta bien rápido, se dijo…

Y el zorro da la vuelta bien rápido.

-          Fiuuuuuuuuuuuhhhh… se escuchó.
-          ¡Ah! Eymi ta ñi weza kvciw anfe, pi ta gvrv[1].

Es que como había comido tanto y con tanta agua que bebió… Se llenó de gases y se les iban saliendo.

Fey ka mvteh. Ahí se termina el cuento.

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Fuente: Mi familia de todas las épocas (Raguileo Ñancupil, de Saltapura)
Mi mamá me lo contaba en mapuzugun. ¡Era bellísimo escucharla! No parábamos de reír, cuando lo hacía. Era estar viendo al zorro en el bosque que hay detrás de la casa y que en ese tiempo estaba un poco más tupido que ahora.


[1] ¡Ah! ¿Eres tú mi poto bromista, entonces?

LA VÍBORA

LA VÍBORA[1]

Se trata de un viejito y de una viejita que vivían solos, y que no tenían hijos. Un día, el viejito - que andaba en el campo - escuchó un llanto de guagua. Buscó y buscó, hasta que la encontró; pero, se trataba de un culebrón que lloraba como guagua. El viejito se lo llevó para la casa, y allá - con su viejita - lo criaron.

El culebrón empezó a crecer, y como si fuera un niño, también aprendió a hablar. Cuando ya era grande, el culebrón le dijo un día a su papá que se quería casar, y que quería que fuese a pedirle la mano de su hija al rey.

El viejito y la viejita se entristecieron, porque no habían pensado en eso; pero, como el culebrón insistió, al final el viejito fue donde el rey a pedirle la mano de la princesa para su hijo culebrón. El rey se enojó, porque lo vio tan pobre. Que ¡cómo su hija iba a casarse con el hijo de un hombre tan pobre! Así que le dijo que bueno; pero, con la condición de que le transformara las paredes que rodean el palacio en oro.

El viejito se regresó triste y le dijo a su hijo lo que había pasado. El culebrón le dijo que no se preocupara, y al otro día las paredes aparecieron convertidas en oro. Entonces, el rey, dijo que no era suficiente, que ahora tenía que transformar a todo el palacio en oro. El viejito volvió triste otra vez; pero, el culebrón le dijo de nuevo que no se preocupara. Al otro día el palacio apareció convertido en oro. Pero, el rey dijo que no era suficiente, que tenía que convertir toda la quinta en oro, los árboles y los frutos incluidos. Apareció la quinta convertida en oro. Entonces, el rey no pudo seguir poniendo obstáculos, así que aceptó dar la mano de su hija.

Se preparó el casamiento. Los viejitos estaban tan preocupados, porque pensaban en lo que ocurriría cuando supieran que su hijo era culebrón. El día del casamiento llegó el culebrón y toda la gente se asustó. La mamá de la princesa le decía que ¡cómo se iba a casar con un culebrón! Todos le decían lo mismo. Pero, la princesa dijo que se casaba, no más. Le dijo a su papá que si habían hecho el compromiso había que cumplirlo.

Así que el cura, todo asustado, les casó, y cuando dijo que el novio podía besar a la novia, el culebrón se enrolló en la princesa, y al momento de besarla, se convirtió en príncipe. Nunca antes habían visto a un príncipe más hermoso que ese.

Ahí quedaron todos contentos, y los príncipes se fueron a vivir al palacio. Pero, cuando se transformó en príncipe, el culebrón perdió la piel. El príncipe dijo que guardaran la piel, y le encargó a la princesa que nunca le hiciera nada, que tenían que mantenerla. Pero, un día, después de mucho tiempo, la princesa estaba aburrida con la piel, así que la echó a la chimenea: Se quemó.

El príncipe se enfermó: quedó casi ciego. Se convirtió en paloma y así llegó a la casa de los viejitos (sus papás). La princesa le salió a buscar, y cruzó un río para pasar donde una maci[2] para pedirle un remedio. Ella se lo dio. Con ese remedio llegó a la casa de los viejitos, y encontró al príncipe ciego. Entonces, ella le echó el remedio en los ojos, y de a poco, el príncipe volvió a ver.

Después regresaron al palacio y allí vivieron.
 


[1] Narrado por Andrea Raguileo, en 1992. Al parecer, lo aprendió de su tía Isabel Melillán.
[2] Machi.

domingo, 4 de noviembre de 2012

LEMUN SIGUE LUCHANDO


Imagen: Rayado callejero.
Fotografía: Erwin Quintupill. Nueva Imperial, 13.01.10

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viernes, 26 de octubre de 2012

GEOGRAFÍA LITERARIA DE CHILE



En el año 2011, aparece en circulación el libro “Letras del País. Geografía literaria de Chile”, que reúne una gran cantidad de textos literarios y no literarios de autores nacidos en territorio chileno, todos ellos seleccionados y prologado por Josefina Muñoz, y publicados por el Ministerio de Educación. Incluye ese libro tres poemas de Anselmo Raguileo (“Araucanía”, “El canto del pidén” y “El boldo huacho”). Los textos fueron tomados de (García y Galindo. “Poesía Mapuche. Las Raíces Azules de los Antepasados”. Depto. Lenguas, Literatura y Comunicación. Instituto de Estudios Indígenas. UFRO, 2004).

La editora dice –en el prólogo – que el propósito del volumen son varios y destaca el “dar a conocer textos literarios y no literarios, que reflejan apreciaciones interesantes, curiosas a veces, sobre algunos aspectos del país…”, agregando que “Es también una invitación a indagar en la obra de estos autores y autoras, a descubrir y mirar con nuevos ojos el entorno natural del que somos parte…”.

Finalmente, cabe mencionar que este libro incluye trabajos de María Isabel Lara Millapan, Lorenzo Aillapan y Omar Huenuqueo.


LA POESÍA DE ANSELMO RAGUILEO


La fecha exacta en que escribió los pocos poemas que nos dejó – en total quince no lo sabemos, aunque puede deducirse de modo aproximado. Me atrevo pensar que algunos en la década del 50 y los otros en los 60, y no más; pues las principales preocupaciones de Anselmo Raguileo fueron:

  • Superarse académicamente, en la etapa juvenil.
  • Aprehender conocimientos que le permitieran habilitarse para el desarrollo de una propuesta – con base científica de escritura del mapucezugun, durante la primera mitad de la década del 50.
  •     Sobrevivir junto a la familia. (Vivió varios períodos de cesantía. Su primera experiencia matrimonial duró aproximadamente tres años. Tuvo cuatro hijos y se casó dos veces).
  • Trabajar para la organización política (Partido Comunista) a la que ingresó poco después de 1950.
  • Dedicarse a la investigación científica para la consecución de un grafemario del mapucezugun (Primero en la década del 50 y después desde 1980 en adelante; aunque es sabido que dedicó muchos otros momentos a este empeño).
De modo, entonces, que entre las principales preocupaciones del lingüista no estuvo la poesía; sin embargo escribió un conjunto de poemas que adquieren importancia porque – en su mayoría – nos lo muestran ligado a su Saltapura natal y al pueblo que pertenece.

Iniciándose el 2004 se publica el trabajo realizado conjuntamente por Mabel García y Sylvia Galindo (“Poesía Mapuche. Las Raíces Azules de los Antepasados”. Depto. Lenguas, Literatura y Comunicación. Instituto de Estudios Indígenas. UFRO) que muestra “las obras desconocidas de los primeros poetas mapuches”. Se trata de Sebastián Queupul, José Santos Lincomán y Anselmo Raguileo). Al respecto el profesor Hugo Carrasco Muñoz escribe – en el trabajo mencionado de García y Galindo – “que la poesía de Anselmo Raguileo, producto por lo demás lateral o residual en sus preocupaciones intelectuales (…) se halla vinculada sólo en forma parcial a las preocupaciones del núcleo central de la poesía del grupo dedicado primordialmente a la tarea y quehacer de los poetas. Coincide con ellos sólo en la expresión de ciertos aspectos del sentir identitario mapuche,…” Agrega que es más cercana a la expresión poética de Sebastián Queupul[1] y de Pedro Alonzo Retamal.

Ignoro las circunstancias en que Anselmo Raguileo escribió poesía; pero se me ocurre que fueron similares a aquellas que nos motivan a registrar por escritos nuestras emociones cuando nos sentimos particularmente lejanos de nuestra tierra de origen.

Él contó a su hija Ruby que cuando al llegar Santiago no conoció a otra persona mapuche con quien interactuar, que vivió solitario y – además – muy lejos del hogar[2]. En esas circunstancias ocurrió su primer matrimonio y por ello no prosperó, a pesar de los dos nacimientos acontecidos. Entonces, él no habría logrado integrarse satisfactoriamente a la sociedad no mapuche en esa tiempo; lo intentaba, pero desprovisto de la fortaleza que el hábitat propio entrega.

Debió agigantarse en su espíritu la necesidad de la cercanía con Saltapura, su gente y su paisaje. “El boldo huacho” es un poema que nos habla de un boldo que existe desde tiempos que nadie recuerda. Todos los habitantes actuales de Saltapura lo conocen, pues se encuentra a orillas de un camino público y en el terreno que perteneciera al padre de Anselmo Raguileo. Es un patrimonio viviente.

Cuando lo he visto de nuevo
vienen a mi memoria
recuerdos de otros tiempos
que jamás podré olvidar…”                          El boldo huacho


Imagen: Boldo huacho
Fotografía: Erwin Quintupill. Saltapura, 27.06.10.


Imagen: Boldo huacho.
Fotografía: Marcelo. Saltapura, enero 2009.

También los poemas “La alborada” y “Atardecer en mi valle”, “Atardecer” y “Noche de luna” nos sitúan en Saltapura.

“Con sus cantos broncíneos
los gallos del vecindario
están rasgando el silencio”.                          La alborada

“El valle entero va cerrando
lentamente su párpado inmenso
y, las colinas allá lejos,
envueltas ya en su chal gris
acurrucadas esperan la noche.                      Atardecer en mi valle


Imagen: Atardecer.
Fotografía: Erwin Quintupill. Saltapura, enero, 2008.

“Sobre el valle ya dormido,
allá, cubiertas con su negro manto,
ya están las lejanas colinas;
mas, la Cordillera de Los Andes
con su porte majestuoso,
aún levanta su blanco pañuelo,
despidiendo la apacible tarde.”                    Atardecer

“Bajo el embrujo
de tu luz mortecina
y en el frío silencio
de tu atmósfera,
los árboles emergen
de la tierra
como de un  telón
suspendido del cielo”.                                   Noche de luna



“El canto del pidén” nos sitúa en el paisaje de la tarde en Saltapura. Aunque los pidenes (pu pizeñ) emiten su sonido a diferentes horas del día, es particularmente al atardecer cuando más se les puede escuchar, justo a la hora en que el día se va. El silbido que emite – si se escucha de muy cerca – parece surgir de la tierra y puede llegar a asustar a más de algún desprevenido. El canto del pizeñ se liga a la existencia en Saltapura.

“El cherrufe” también es una experiencia vivida por muchos habitantes de Saltapura. Los mayores cuentan a los menores la existencia de visiones que pueden ser representaciones o apariciones del mal. Las hay de muchas formas; una de ellas es el cherrufe (cewvrfe); otras, son el ancimajeñ (anchimalleñ), el wixanalwe (guitranalgue), el uyuce (uyuche), etc. Pocas personas reconocen haber tenido este tipo de “visiones”[3].

“Araucanía” y “Antupillán” nos llevan a la historia aprendida de los antiguos, mezclada con la que nos dio a saber la escuela chilena. Nos habla del Wajmapu en los recuerdos y en la mirada futura. Nos dice de su toma de conciencia (la de Anselmo Raguileo) y de su compromiso social y político. Estos poemas seguramente fueron escritos poco antes o una vez que se incorporó al PC.

En 1968, mientras se desempeña como empleado en FAMAE, participa en un concurso de poesía organizado por esa empresa, obteniendo el primer lugar con “Araucanía”.

¿Dónde están los empinados robles,
los sombríos laureles y los retorcidos olivillos,
testigos milenarios
de esta fecunda tierra?
¿Dónde están los poderosos ulmenes,
los soberbios caciques
y los bravos toquis,
señores de la elocuencia,
de la astucia y el coraje?                                          Araucanía

Sin embargo, Anselmo Raguileo no dedicó su vida a la poesía. Antes que todo lo demás estuvo su compromiso social y político, y como consecuencia de ello su empeño por lograr una propuesta de escritura para el mapuzugun con base científica.

Aún así, no podemos dejar de mencionar que en ese grupo de quince poemas dejados por él, existen cuatro surgidos de su experiencia amorosa. Ellos son: “A mi gran amor”, “El primer beso”, “A una rubia” y “A Leonor”. Probablemente correspondan a la primera etapa de su segunda experiencia matrimonial, excepto “A una rubia”, porque su segunda esposa (Leonor) no lo fue.

Por último existen otros dos poemas: “El pregón de las arvejas” y “Lluvias de invierno”. El primero recrea el trabajo de muchas mujeres mapuche, sobre todo de las del sector de “La Vega”, ubicado al sur de Nueva Imperial y al norte de Villa Almagro, que recorrían y recorren las calles de Nueva Imperial pregonando sus hortalizas y productos de la actividad chacarera. El segundo nos habla del paisaje de invierno, un temporal en que las aguas corren hasta por las alturas, en que el suelo parece romperse con el estruendo de los truenos y la fugaz visión de un rayo intimidante surcando el firmamento de Saltapura: las lluvias del sur. Todo eso, mientras el hombre sale a mirar el estado en que se encuentran sus animales o va por ellos para llevarlos al corral, dependiendo la hora del día. Es parte de la vida cotidiana en su lof de origen, el que Anselmo Raguileo vivió junto a su familia.

Un roble viejo
se derrumba,
lanzando un prolongado quejido                   Lluvias de invierno

Hay mucho que decir, que comentar, que imaginar con la escasa poesía que Anselmo Raguileo, seguramente escribió sin la intención de transformarse en escritor; pues como ya se ha dicho sus preocupaciones principales se manifestaron en otras áreas del vivir; sin embargo, para un habitante de Saltapura es fácil reconocerse en ellos. Al mismo tiempo, al abordar la historia, nos invita a conversar y a reflexionar todos los tiempos.

¿Recordará Leonel Lienlaf que en 1995 conversábamos acerca el poco asombro que nos provocaba el hecho de que tantos hermanos y hermanas se dedicaran a escribir poesía? Nos decíamos, los mapuche poseemos una lengua que es poética; cada vez que un mapuche habla en su idioma lo hace en función de su experiencia de vida, por lo tanto en el habla se reflejan y se observan claramente una serie de imágenes que lo hacen poético. Los antiguos vl son el más claro ejemplo.

De allí entonces que, aunque Anselmo Raguileo, no se dedicara a la escritura poética de modo permanente. En los pocos escritos que nos dejó están las imágenes de la narrativa tradicional mapuche, aunque estén escritas en lengua extranjera.



[1] Sebastián Queupul es originario de Ralipitra, un lof ubicado un poco más al norte de Saltapura; de modo que sus habitantes están emparentados y por lo mismo se conocen.
[2] Entiéndase como hogar no sólo la casa habitación en que se nace y el grupo familiar que allí reside. El hogar mapuche es más que un edificio; es también la familia amplia y todo el espacio circundante (próximo y lejano), es decir, lo son también los demás seres vivientes y los componentes abióticos de nuestro lof.
[3] El autor de esta nota, también originario de Saltapura, ha tenido la ocasión de presenciar más de una visión, aunque de tipo diferente a la descrita en el poema mencionado.

CURSO DE MAPUZUGUN

Desconozco la calidad de este trabajo; pero, quizás haya gente por la capital que necesite un acercamiento o una profundización en lo de la lengua... Simplemente, vaya, escuche, observe, opine... con la tranquilidad de los bosques del sur.


jueves, 18 de octubre de 2012

YO, ESTUDIANTE 1


Imagen: Yo, más o menos, a los cuatro años de edad, en el patio de la casa. Me acompañan "Goliat" y "Toki".
Fotografía: Debió tomarla mi hermana Teodora.

Les paso a relatar de modo resumido el sistema educacional mapuche y chileno que he conocido como estudiante.

Ingresé al mencionado sistema chileno a la edad de seis años, a principios de 1965, sabiendo leer y escribir en castellano y habilitado para sumar y restar con un par de dígitos, pero cantidades pequeñas. Sin embargo, antes voy a referirme a mis primeros aprendizajes “escolares”, debidos a mamá, papá y hermanos que estaban conmigo en ese entonces. De entre los últimos, la más entusiasta fue mi hermana Miriam que iniciando su adolescencia hizo sus primeros ejercicios de maestra conmigo y que desafortunadamente no llevó a término. Se trata – pienso – del sistema escolar mapuche o lo que restaba de él, aunque en mi caso fue mixto o – si se permite – sincrético.

Me habían hecho llegar un silabario (el del “ojo”) durante ese verano y, naturalmente, comencé a impacientar a todos con eso de que quería saber lo que allí se decía. Rápidamente, me pusieron frente a la primera lección. También tuve cuadernos y lápiz de mina y goma de borrar. Cuando esta última se terminaba o se extraviaba servían las migas de pan.

No sé cuántos días habré demorado en deletrear eso del “o-j-o o-jo…” Le puse empeño. Motivación no me faltó nunca: la familia y yo mismo nos encargábamos de eso. Cada vez que demostraba un nuevo aprendizaje, por pequeño que fuera, mamá hacía un alboroto; papá, un poco menos. Él, con su tono pausado y relajado, se encargaba de verificar tanta maravilla que mamá anunciaba en tanto él aparecía por la puerta oscura de nuestra ruka. Eso comúnmente era entrando la noche. Él tomaba el libro y me pedía que deletreara, o que escribiera alguna palabra simple, al comienzo. Siempre se ubicaba en uno de mis costados. Se mostraba real y serenamente asombrado frente a mis aprendizajes. Con su voz suave, profunda y grave. “¡Vaya, vaya! Es verdad lo que dice esta vieja. Yo pensé que estaba mintiendo”. Y poniéndose chocho: “No, pues; si mi hijo sabe escribir ya”. Luego venía una pausa, porque había que comer los alimentos que mamá preparaba para todos.

Después de ensayar varias veces la demostración, papá me hacía pasar a la próxima lección. Me iba guiando, mientras los demás estaban pendientes de todo y en la medida que podían también participaban. Lentamente, me fueron mostrando las diferentes letras del abecedario español. Lentamente me fueron indicando cómo sonaban y también trataron de hacer explicable eso de la c, s y z que suenan iguales. En medio de todo ello, comentaban otras situaciones relacionadas directa o indirectamente con el asunto que nos ocupaba. Comúnmente – calculo – demoraban una hora y algo más en atender mis avances. Mi hermana Miriam se las arreglaba para incorporar lo que ella había aprendido en la escuela.

Durante el día había momentos en que mi hermana me asignaba tareas menores, como escribir palabras, hacer un dibujo alusivo o leer párrafos breves. Mamá estaba siempre cerca vigilando, no se perdía nada de mi proceso, de modo que cuando papá se asomaba por la puerta, soltaba el empacho de todo lo guardado.

Así fue mi primera experiencia escolar, de la mano de papá y mamá y de la familia. Cada logro mío se transformaba en una fiesta: los ojos de mamá brillaban y su risa era cantarina, como el sonido de las aguas que corren por chorrillos entre los bosques; papá mostraba su amplia, sonora y pausada risa, se volvía tierno. Mi hermanos/as celebraban. Fui privilegiado, pues de ahí en adelante me dediqué a perseguir cuanto escaso papel escrito se asomaba a mis ojos, me pasaba las tardes de lluvia encerrado junto a los pocos libros que había en casa (traídos por mis hermanos desde su experiencia escolar: textos de lectura, la mayoría[1]). Esperaba el momento en que papá regresara del pueblo para apropiarme de las hojas de diario con que en ese tiempo envolvían las compras. También me atraían las figuras que ilustraban las lecturas y las fotografías de los diarios.

Poco después vinieron los números y los cuadernos cuadriculados que me parecieron extraordinarios en su estampa reticular. Era una maravilla ordenarlos por cuadritos, escribir los guiones separadores, escribir del uno al diez y después hasta el cien. Saber que había números más grandes me produjo mucho asombro –era una forma de decir “muchos” de modo más específico–, y me enseñaron a relacionarlos con lo que había en mi entorno, incluso con el dinero que papá y mamá solían manejar. Al mismo tiempo me dediqué a insistir en que me enseñaran a “leer” los del gran reloj blanco[2] que solía descansar sobre un velador hecho por mi hermano Olegario, que estaba en Santiago. Aprendí a sumar y a restar, todo en casa.

Capítulo aparte fueron los relatos tradicionales. Con ellos sí que aprendí una enormidad. Básicamente valores y principios y la historia de mi lof, aunque esto era más complejo, me costaba retener tanta información respecto del tuwvn. Los juegos y adivinanzas también resultaron ser motivos de aprendizaje. Las conversaciones de adultos que escuchaba y que después me explicaban, igual. Podría decirse que había “asignaturas”. Me colocaban frente a ellas de modo sistemático; pero, de modo diferente a como lo hace el sistema educacional chileno. Así como las cosas, procesos y sucesos iban apareciendo me iban instruyendo al respecto. En un instante eran los animales; en otro, los vegetales, los fenómenos físicos, las relaciones familiares, la producción para el sustento familiar, las herramientas, las costumbres, los chilenos, etc. Todo esto –lo último– ocurrió desde que tengo memoria. Era exactamente el modo en que tradicionalmente se educaba en la vida[3] y se sigue educando, al menos en nuestros primeros años.

Comentario

Lo interesante de este relato tiene que ver con la forma en que mis padres me presentaron la experiencia del aprendizaje permanente. Podemos decir que ellos utilizaron estrategias propias de lo que hoy en pedagogía se conoce como constructivismo, en que los estudiantes son constructores de sus aprendizajes. De ahí, entonces que logro percibir que la formación tradicional mapuche ocupaba este modo de enseñar. El objetivo último era la formación de un kimce (hombre o mujer) que se desarrollaba en íntimo y comprometido contacto con su entorno, en el que tanto las personas como lo demás tenían el mismo nivel de importancia. ¿De qué otro modo se puede llegar a ser un kimce reconocido, sino interactuando y llegando a conocer la totalidad del entorno.

Mi partida hacia la ciudad para continuar estudios formales truncó este proceso. Acá no pude aprender, por ejemplo, a predecir el tiempo como lo hacía mi padre, quien era capaz de percibir una serie de signos en la atmósfera y en los seres que indicaban lo que habría de ocurrir. Sin embargo, se me abrieron otras posibilidades de aprendizaje, cuestión que abordaré en una próxima entrega; aunque antes me referiré a mi primera escuela formal en Saltapura.


[1] Había también algunos de historia y matemáticas que me resultaban algo complejos. Los de historia sagrada – que regalaba la iglesia católica – me atraían por sus dibujos; pero, su contenido no fueron para nada llamativos. Estos últimos eran como cuentos; pero, nada de interesantes como los que me relataban en la familia y que hablaban de nosotros.
[2] Se trataba de un reloj despertador de unos 10 cm de diámetro, de carcaza blanca y un botón de color rojo para apagar la campanilla. La cuerda era como la de algunos juguetes, de metal y con forma de mariposa.
[3] El acompañamiento de una persona mayor, calificadamente experimentada, era determinante para la formación de un kimce (kimwenxu o kimzomo), nuestro propósito último como integrante de la comunidad mapuche.

domingo, 2 de septiembre de 2012

EXPOSICIÓN EN TEMUCO

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